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VIE, 16 OCT 2026
Turismo

Arequipa, la Ciudad Blanca que se recorre entre volcanes y piedra volcánica

A una hora y cuarto de vuelo desde Lima, la ciudad peruana combina arquitectura colonial, miradores andinos y una cocina que invita a quedarse más de un día.

IJ
Ignacio JerkovicTurismo · · lectura 4 min
Arequipa, la Ciudad Blanca que se recorre entre volcanes y piedra volcánica

Llevo años contando destinos desde esta sección y pocas veces un lugar me había resultado tan rendidor para una nota como Arequipa, esa ciudad del suroeste peruano que los locales llaman la Ciudad Blanca y que se alza en el valle del río Chili, custodiada por tres gigantes de piedra: el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu. El vuelo desde Buenos Aires suele hacer escala en Lima, y desde la capital peruana hasta acá el trayecto aéreo es breve: una hora y veinticinco minutos, tiempo suficiente para alcanzar los 2.335 metros sobre el nivel del mar en los que se asienta este casco histórico reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 2000.

Antes de salir a caminar conviene mirar el termómetro con atención, porque aquí la amplitud térmica es de manual: las tardes suelen rozar los 24 grados bajo un cielo despejado y un aire seco que seca la garganta, pero cuando cae el sol la columna baja a entre 8 y 10 grados. Por eso siempre recomiendo llevar un abrigo liviano en la mochila, sobre todo si la idea es quedarse hasta la cena y volver caminando al hotel. Esa diferencia entre el día y la noche no es un dato menor a la hora de planificar las salidas, y cualquier guía con el que conversé en mis visitas insiste en lo mismo: en Arequipa el abrigo se pone apenas se pone el sol.

La Plaza de Armas y el sillar como hilo conductor

El recorrido empieza, como no podía ser de otra manera, en la Plaza de Armas, el corazón verde de la ciudad rodeado de edificios de sillar, esa piedra de origen volcánico que le da a Arequipa su tono blanquecino y su apodo. Alrededor de la plaza se distribuyen la catedral, reconstruida después del terremoto de 2001, y los portales de la Municipalidad, de Flores y de San Agustín, que forman un perímetro ideal para una primera recorrida a paso lento, deteniéndose en las arcadas y en los detalles tallados en la piedra.

En el interior de la catedral espera una sorpresa que a mí, particularmente, me dejó unos minutos en silencio: un órgano fabricado en Bélgica, de 12 metros de altura y 1.218 tubos, que suena durante las misas dominicales. Si el día de visita coincide con un domingo, vale la pena madrugar para escucharlo; si no, la entrada al templo permite igualmente subir al campanario y obtener una vista cenital de los techos blancos y de la plaza. Desde la altura se entiende mejor por qué esta ciudad fue pensada como un damero colonial enmarcado por la cordillera.

Yanahuara, San Agustín y el pulso de las picanterías

  • Mirador de Yanahuara: a pocos minutos del centro, ofrece la postal clásica de la ciudad con el Misti (5.822 metros) como protagonista y las cúpulas blancas abajo.
  • Iglesia de San Agustín: su capilla se visita con entrada de 10 soles; no se permiten fotos ni celulares en su interior, donde los frescos reproducen vegetación y aves de la selva peruana.
  • Picanterías tradicionales: la cocina arequipeña se sirve en locales históricos que combinan platos de autor con recetas de raíz andina, ideales para almorzar después del paseo por los miradores.

El mirador de Yanahuara es, para mí, la otra parada obligada de cualquier visita a Arequipa. Desde su balconada de sillar tallado se abraza toda la ciudad y se reconoce la silueta del Misti, el Chachani y el Pichu Pichu, tres volcanes que parecen dispuestos como guardianes. Si el clima acompaña y la jornada se estiró sin apuro, conviene quedarse hasta la caída de la tarde para ver cómo la luz dorada va bajando sobre las montañas y los campanarios, un espectáculo que justifica por sí solo el viaje.

Después de dos o tres días caminando por el centro, subiendo a miradores y entrando a iglesias, uno se queda con la sensación de que Arequipa no se agota en un fin de semana largo. Mi recomendación concreta: arrancar la recorrida por la Plaza de Armas a primera hora de la mañana para evitar el sol fuerte de la media tarde, almorzar en una picantería del centro y, antes de la caída del sol, subir a Yanahuara con un abrigo liviano en la mochila, porque cuando el aire cambia y las montañas se tiñen de violeta, la ciudad se vuelve otra.

IJ

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