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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando decir que no se vuelve una urgencia: el precio oculto de no poner límites y cómo empezar a revertirlo

Ansiedad, resentimiento acumulado, insomnio y hasta dolores sin causa aparente: el cuerpo termina poniendo los topes que la palabra no puso. La clave es entender que no se nace así, se construyó de chico y se puede trabajar.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · · lectura 5 min
Cuando decir que no se vuelve una urgencia: el precio oculto de no poner límites y cómo empezar a revertirlo

Acá en la isla, una tarde cualquiera, me cruzo con Marcelo, vecino de Villa del Parque, que me cuenta con la taza de café en la mano que lleva años diciendo que sí a todo lo que le piden en el trabajo y en la casa, y que ya no sabe dónde termina él y dónde empiezan los demás. Me lo dice como quien descarga un peso, y mientras lo escucho pienso que su historia es la de muchísima gente: personas que aprendieron muy temprano que el propio deseo molesta, que poner un freno puede poner en riesgo un vínculo, y que terminar diciendo que sí a todo se vuelve una costumbre tan arraigada que ya parece parte del carácter. Y sin embargo, no lo es.

En la clínica lo sabemos bien, y por eso me parece importante compartirlo: el límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo ponga por él, porque sin un afuera que contenga no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el no firme ante un peligro, la espera antes de la satisfacción, todo eso que el chico vive en el momento como pura frustración es, paradójamente, lo que le permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que deseo y lo que la realidad me ofrece. El límite, entonces, no es lo contrario del amor: es una de sus formas más silenciosas y más necesarias.

Los dos patrones que vemos una y otra vez en el consultorio

Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos modos de funcionar que son opuestos pero que, curiosamente, suelen reconocerse como propios de personas que conviven con nosotros. El primero es el de quien no puede poner límites, y suele ser alguien que de chico aprendió que su deseo estorba o que decir que no pone en riesgo algo que le importa. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de cosas que no le corresponden, muchas veces sin darse cuenta. Los costos son bien concretos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando como deuda, y un cansancio que ningún fin de semana resuelve, porque no es cansancio del cuerpo, es cansancio del alma.

Con el paso del tiempo, lo que no se pone con la palabra lo empieza a poner el cuerpo, y aparecen dolores sin causa orgánica clara, insomnio, contracturas, malestares digestivos, todos síntomas que dan aviso de que algo quedó sin decir. El segundo patrón es el espejo del primero: es el de quien no tolera el límite ajeno, y que vive cualquier no como una ofensa personal o un desafío a su autoridad. Aunque por fuera parezca fortaleza, por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro, y las relaciones alrededor suyo se terminan organizando en función de su voluntad, que a la larga las vacía.

  • Ansiedad persistente y sensación de no alcanzar nunca con lo que uno hace.
  • Resentimiento acumulado hacia personas a las que en realidad se quiere mucho.
  • Cansancio que no se va con el descanso, porque es más psíquico que físico.
  • Dolores sin causa clara, insomnio y otros malestares que el cuerpo pone cuando la palabra no llegó.
  • Dificultad para tolerar un no ajeno, viviéndolo como rechazo o como pérdida de poder.

Ni sumisión ni imposición: el punto medio que se puede aprender

Entre esos dos extremos hay un punto que no es ni dejarse atropellar ni pasar por encima del otro, y que consiste en algo tan sencillo como decirlo: poder decir que no sin sentir culpa, y poder escuchar un no del otro sin tomarlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, y conviene no engañarse con eso, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, ya sea en lo afectivo o en lo económico, y eso duele y da miedo. Pero también es cierto que ese costo suele ser bastante menor que el de seguir acumulando silencio, y que la mayoría de las personas, cuando lo trabajan, descubren que las relaciones que sobreviven a un no honesto son las que valen la pena, y las que no sobreviven probablemente ya estaban viviendo de prestado.

Lo más importante que quiero dejarles, y esto es lo que más me gusta poder decir como profesional, es que esto no es un rasgo de carácter con el que se nace y se muere: se construyó en un momento y, cuando no se construyó del todo bien, se puede revisar. Un tratamiento serio ofrece un espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro, y para ir bajando, de a poco, el nivel de ansiedad y de resentimiento que se fue acumulando durante años. Marcelo, mi vecino de Villa del Parque, mientras termina el café, me mira y me dice que lo que más le gustaría es poder decirle que no a su jefe sin que le tiemble la voz, y después llegar a la casa y que el mundo no se le caiga encima. Todavía no llegó, pero ya sabe que se puede trabajar, y eso, se lo aseguro, es el primer paso.

“El límite no se opone al amor; es una de sus formas. Negarse a ponerlo termina costando cuerpo, sueño y vínculo, pero se aprende.”Ayelén Millalonco, Sociedad y vida
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Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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