Cuando el cansancio diurno esconde algo más: la apnea que las mujeres suelen pasar por alto
Despertares nocturnos, dolor de cabeza al levantarse y problemas para concentrarse pueden ser señales de apnea obstructiva del sueño en mujeres, aun sin ronquidos fuertes. Los cuestionarios y algunas pruebas domiciliarias suelen quedar cortos, por lo que la consulta profesional y el estudio en un centro especializado marcan la diferencia.
Son las siete de la mañana y Patricia, acá en la isla, en el barrio de San Martín, ya lleva un rato sentada en la mesa de la cocina con la taza entre las manos. Anoche, otra vez, se despertó tres o cuatro veces sin motivo aparente y esta mañana le duele la cabeza como si le apretaran las sienes. "Pensé que era el cambio de vida, que era estrés, que era la menopauseada", me dice, mientras acomoda los útiles del colegio de los chicos. Tiene cincuenta y dos años, dos trabajos y una consulta pendiente con el clínico que cada vez posterga más, porque, total, quién no amanece cansado a esta altura.
Lo que Patricia todavía no sabe —y lo que nosotros, como sociedad, solemos pasarnos por alto— es que ese combo de agotamiento diurno, cefaleas matutinas, dificultad para arrancar el sueño y cambios de ánimo puede no ser una etapa ni una exageración: puede ser apnea obstructiva del sueño, un trastorno respiratorio que, según una revisión reciente sobre el tema, está sin diagnosticar hasta en el 75% de las mujeres que lo padece y que hasta en el 40% de los casos se presenta sin los síntomas más conocidos, como los ronquidos intensos o el ahogo nocturno.
Cuestionarios y pruebas en casa no siempre alcanzan
En el consultorio, los médicos suelen usar cuestionarios que cruzan datos como edad, peso, presión arterial y contorno del cuello para estimar el riesgo de apnea. Esas herramientas son útiles, pero tienden a identificar menos casos entre mujeres que entre varones. A eso se suma que algunos registros domiciliarios que mucha gente se lleva a su casa para dormir con un aparatito prestado o comprado por internet pueden no captar bien ciertas alteraciones respiratorias, en particular las que aparecen durante la fase REM del sueño, esa etapa en la que soñamos y los músculos se relajan al máximo.
Por eso, si después de esa primera evaluación los síntomas siguen, un resultado inicial sin alteraciones no alcanza para descartarlo. Lo que corresponde es pedirle al médico un estudio nocturno en un centro especializado, donde un equipo técnico va a registrar la respiración, la actividad cardíaca, los movimientos del cuerpo y las distintas fases del descanso mientras uno duerme. Es molesto, sí: uno está lleno de cables y con el pecho pegado con parches, pero es la forma en que se puede ver, por ejemplo, cuántas veces por hora se cierra la garganta y baja el oxígeno.
Qué pasa dentro del cuerpo cuando la garganta se cierra
Lo que ocurre durante la apnea es bastante concreto: los músculos de la garganta se relajan tanto que la vía aérea se reduce o se bloquea de manera repetida, el oxígeno cae en sangre y el cerebro reacciona con microdespertares que muchas veces ni siquiera se recuerdan al otro día. Esa fragmentación del sueño, noche tras noche, va dejando huella: somnolencia, irritabilidad, problemas de memoria, presión que sube de golpe, dolor de cabeza al despertar y, a la larga, un riesgo más alto de hipertensión, diabetes y enfermedades cardíacas, que también forman parte del seguimiento que se hace cuando aparece el diagnóstico.
En el embarazo, si ya había un cuadro previo o aparece durante la gestación, el abordaje tiene que ser conjunto entre obstetra y médico del sueño. Y si hay una cirugía programada, sea del tipo que sea, corresponde avisarle al equipo médico que se está bajo tratamiento o en estudio por apnea, porque cambia desde la anestesia hasta el manejo posterior. La CPAP, que mantiene abierta la vía respiratoria con una presión de aire suave que entra por una mascarilla, suele ser el tratamiento más usado, aunque su uso y la presión exacta los define siempre el especialista.
Yo, acá, mientras termino esta nota y miro por la ventana cómo se levanta el barrio, me quedo pensando en Patricia, que probablemente esta tarde se va a acordar de la cita con el clínico y la va a volver a postergar. Y me pregunto cuántas mujeres más, acá en la isla y en cualquier otra esquina del país, están viviendo cansadas a fuerza de costumbre, convencidas de que eso les pasa porque están grandes, porque trabajan mucho, porque les toca. Lo que una espera —lo que todas, en el fondo, esperamos— es que la próxima vez que alguien amanezca con el cuerpo roto y la cabeza zumbando, se acuerde de que existe esta posibilidad, se siente frente al médico de una buena vez y le cuente todo, incluso eso que parece una pavada: que nadie la escuchó roncar, pero que algo, adentro, no la deja descansar como debería.
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