El final que George Lucas cambió a último momento: la vez que ILM reescribió El Imperio Contraataca con la película ya en cartelera
Tres tomas nuevas, una ampliación de la flota rebelde y un raccord de audio que nadie notó. La trastienda de uno de los retoques más discretos de la historia del cine, reconstruido a partir del archivo de Industrial Light and Magic.
Tengo que confesar algo: cada vez que miro El Imperio Contraataca me detengo en ese corte limpio entre la cabina del Halcón Milenario y la enfermería donde Luke y Leia intentan recomponerse de lo que acaban de pasar. Siempre me pregunté si la sala médica estaba dentro de la misma nave o si los rebeldes habían improvisado un hospital flotante a la distancia. Resulta que esa duda no era solo mía: fue exactamente la misma que se le plantó a George Lucas en la cabeza una noche de 1980, cuando la película ya llevaba varios días en cartelera en una centena de salas en formato de 70 milímetros.
La historia la reconstruyó en detalle J.W. Rinzler en el libro The Making of The Empire Strikes Back y es de esas que, cuando uno las conoce, cambian para siempre la forma de mirar la película. Lucas había ido a una de esas primeras proyecciones para ver cómo reaccionaba el público y, en vez de quedarse tranquilo con la ovación, salió preocupado por un problema de raccord que la mayoría de los espectadores ni había registrado: la transición final no dejaba del todo claro que Halcón y fragata médica formaran parte del mismo convoy rebelde. Para la enorme mayoría fue un detalle invisible. Para él, un error que no podía quedar así, con el estreno masivo a 35 milímetros todavía a tres semanas vista.
Una llamada a las once de la noche
Lo que siguió es una postal del Hollywood más artesanal y, a la vez, más histérico. Lucas llamó a Tom Smith, por entonces director general de Industrial Light and Magic. La primera reacción de Smith fue pensar que se trataba de una broma de mal gusto: ya tenían la película en la calle, ya había gente comprando pochoclos para ver a Han Solo congelado. Tuvieron que explicarle que el estreno amplio todavía no había ocurrido y que, técnicamente, había margen. La misma mezcla de incredulidad y taquicardia la sufrió Ken Ralston, camarógrafo de efectos especiales que estaba en Los Ángeles tratando de recuperar algo de vida social después de meses de turnos nocturnos. Cuando lo sumaron al operativo, la orden fue directa: había que hacer tres tomas nuevas, filmarlas, montarlas y mezclarlas en apenas veintiún días.
- Plano uno: una vista ampliada de la flota rebelde para darle escala al convoy y mostrar que todos los barcos avanzan juntos.
- Plano dos: un acercamiento al Halcón Milenario justo antes de entrar en la cabina, para preparar al ojo del espectador.
- Plano tres: una toma de transición que conectara visualmente la nave de Solo con la fragata médica donde están Luke y Leia.
Ralston se juntó con Lucas y con el artista Joe Johnston para bocetar las tomas. La filmación se hizo en San Rafael, muy cerca de San Francisco, donde ILM tenía sus instalaciones. El truco, como tantas veces en esa fábrica de milagros, estuvo en mezclar material de archivo con modelos nuevos: parte de lo que vemos ya existía en la película, pero el equipo lo rearmó como un rompecabezas para construir una continuidad que en la primera versión simplemente no estaba.
La música también se reescribió
Lo que casi nunca se cuenta es que el retoque no fue solo visual. El equipo de edición tuvo que estirar la banda sonora para acompañar la secuencia ampliada y, sobre todo, ajustar el diálogo de modo que la comunicación entre los personajes sonara como un mensaje emitido por los sistemas internos de la nave y no como una charla cara a cara. Es uno de esos detalles que, cuando uno lo escucha con auriculares, se da cuenta de que está levemente reverberado, un poquito metálico, como si viajara por un intercomunicador. Eso también es Lucas corrigiendo sobre la marcha.
Cuando el 18 de junio de 1980 la versión en 35 milímetros llegó a los multicines de todo el mundo, los cambios ya estaban incorporados y nadie se molestó en avisarle al público. Los que vieron El Imperio Contraataca en esos primeros días de 70 milímetros y los que la descubrieron semanas después estaban mirando, en rigor, dos finales distintos, sin saberlo. Lo más fascinante del asunto es que el episodio no se filtró durante décadas: quedó documentado recién cuando Rinzler buceó en los archivos de ILM y los propios Smith y Ralston empezaron a contar la anécdota en entrevistas. Para mí, que crecí viendo esta película en VHS y en sesiones de trasnoche, saber que el final que tengo grabado en la memoria es, técnicamente, la versión reescrita cambia un poco la relación con la historia. No la empeora, al contrario: la humaniza. Lucas no era un dios infalible del montaje, era un director obsesivo que detectó un problema estético, reconoció que todavía estaba a tiempo y movió cielo y tierra para arreglarlo antes de que millones de personas lo vieran. Y lo hizo en silencio, que es, quizá, la forma más elegante de proteger la ilusión del cine.
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