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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Elegir la vida propia: el ejercicio de dos preguntas que desnuda qué decisiones son tuyas y cuáles heredaste

Un filósofo de la Universidad de Emory propone un método sencillo para distinguir los deseos genuinos de los mandatos familiares, sociales y culturales. Un metanálisis avala la idea: vivir de acuerdo a los valores propios se asocia con más esfuerzo, más avance y más bienestar.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · · lectura 6 min
Elegir la vida propia: el ejercicio de dos preguntas que desnuda qué decisiones son tuyas y cuáles heredaste

Son las nueve de la mañana y Daniel, vecino de Villa del Parque, está sentado en la mesa de la cocina con el celular en una mano y la taza de mate en la otra. Tiene cuarenta y dos años, un buen empleo en una pyme familiar y la sensación, que arrastra desde hace meses, de que el camino que transita no fue pensado por él. Cuando le pregunto qué le pasa, se ríe con un gesto cansado y me dice, mirándome como pidiendo complicidad: "Yo siempre quise ser profesor de música, pero en casa me insistieron con que la facultad de Administración de Empresas era lo que iba a dar de comer. Y acá estoy, comiendo, pero no sé si viviendo". Daniel todavía no lo sabe, pero su frasecita de arranque es exactamente la clase de confesión que un filósofo estadounidense, Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, viene estudiando desde hace años: la de alguien que reconoce, en algún rincón, que la vida que lleva tal vez no sea del todo suya.

Lo que Bedzow plantea, y que acá en la isla de las decisiones cotidianas bien podemos discutir tomando unos mates, es un ejercicio muy sencillo pero a la vez profundamente incómodo. Se trata de hacerse dos preguntas, nada más que dos, y quedarse a vivir con las respuestas. La primera, la más fácil, la que sale casi de manera automática, es "¿de quién es la vida que estás viviendo?". La mayoría, nos incluimos, responde rápido: "mía". Y con esa palabra ya nos quedamos tranquilos y seguimos adelante, como si con declararlo alcanzara. El problema, dice el filósofo, es que esa respuesta tan veloz muchas veces esconde un guion que en realidad fue escrito por otros: por los padres, por los amigos del colegio, por la cultura del barrio, por la época que nos tocó, por lo que "se esperaba" de alguien con nuestro apellido o con nuestra formación.

La segunda pregunta, la que incomoda

Porque la segunda pregunta es la que de verdad pone la piel de gallina, y acá viene el meollo del asunto. "¿Quién debería determinar cómo vivís?" suena a cosa menor, pero cuando uno se queda callado un rato y la deja trabajar, se da cuenta de que la respuesta no está nada cantada. Si la respuesta automática es "yo", perfecto: quiere decir que el timón está en nuestras manos y que, más allá de los vaivenes, hay un proyecto propio. Pero si la respuesta es "mis padres", "mi pareja", "lo que esperan los demás" o directamente "no sé, supongo que lo que toque", entonces aparece la incomodidad. Esa incomodidad, lejos de ser un defecto, es la señal de que algo merece ser revisado.

“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project

La frase de Bedzow, que a mí me retumba cada vez que la releo, describe con precisión lo que nos pasa como sociedad. Nosotros, los lectores de entre cuarenta y sesenta años, crecimos escuchando que había un "camino correcto": estudiar tal carrera, conseguir tal trabajo, casarse a tal edad, tener hijos en determinado momento, comprar la casa propia, jubilarte tranquilo. Esas expectativas, que no son malas en sí mismas, se vuelven un problema cuando se convierten en una obligación interna que no admiten discusión, cuando se toman como meta y no como una de las opciones posibles. Ahí es donde la vida deja de ser un proyecto y empieza a ser una herencia no elegida, un traje heredado que a veces ni siquiera nos queda bien.

No se trata de ignorar a los demás

Quiero ser muy clara en un punto, porque suele malinterpretarse: el planteo de Bedzow no es el de un ermitaño que propone aislarse del mundo y decidir todo a puerta cerrada. Todo lo contrario. El filósofo distingue con mucho cuidado entre, por un lado, recibir las perspectivas de quienes nos rodean y, por otro, entregarles el control. Son dos cosas muy distintas, aunque a veces se confundan. Conversar con un compañero de trabajo sobre una oferta laboral, escuchar a una amiga de toda la vida que nos cuestiona una idea que dábamos por sentada sobre la pareja, o pedirle a un mentor que nos diga con franqueza qué ve desde afuera, son prácticas valiosísimas. Lo que el ejercicio busca desenmascarar es otra cosa: el momento en que dejamos que esas voces externas, queridas y bienintencionadas, terminen firmando los renglones más importantes de nuestra biografía.

Lo que dice la ciencia

  • Las personas que persiguen metas alineadas con sus valores e intereses tienden a esforzarse más y a avanzar más, según un metanálisis de Sezer y colaboradores.
  • El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa, situaciones que se asocian con menor bienestar.
  • El sentido de la vida, para la filósofa Susan Wolf, no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso, una pregunta que a menudo se evita por miedo a la respuesta.

La autorreflexión que Bedzow propone, y esto me parece clave para no caer en la caricatura del "mirarse el ombligo", no es una introspección vacía, sin destino ni utilidad. "No significa mirarse el ombligo -explica el filósofo-, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados". El método, en criollo, se parece mucho a lo que hacen los buenos artesanos cuando prueban una y otra vez la misma pieza hasta que sale como tiene que salir: probar, equivocarse, revisar, volver a intentar. Y, fundamental, practicarlo en las decisiones cotidianas, las de bajo riesgo, en las que casi no se nota si uno se equivoca. Porque cuando aparecen las decisiones grandes, las que cambian el rumbo, ya tenemos el criterio entrenado y no nos agarra en pantalones cortos.

Lo que esperamos, y lo que podemos empezar a cambiar

Vuelvo a Daniel, mi vecino de Villa del Parque, porque su historia me parece que resume mejor que cualquier teoría lo que se pone en juego acá. Daniel no es un personaje ficticio ni un caso clínico: es un hombre cualquiera, de los que se cruzan a diario en el colectivo, de los que se sientan en la mesa familiar y dicen "todo bien" mientras por dentro algo no termina de cerrar. Lo que nosotros, como sociedad y como individuos, podemos empezar a hacer es bien simple, aunque no por eso fácil: darnos permiso para formular las dos preguntas, escuchar las respuestas con honesty brutal y, si hace falta, cambiar de rumbo aunque eso implique defraudar alguna expectativa ajena. La expectativa de Daniel, hoy, es que algún día se anime a anotarse en el conservatorio, aunque sea como un hobby que ocupe las tardes. No sabe si va a dejar la pyme, ni si va a estudiar la carrera entera, ni si va a terminar dando clases en una escuela. Lo que sabe es que la pregunta, al menos, ya la formuló. Y eso, para Bedzow y también para mí, ya es muchísimo: porque mientras la vida siga siendo un molde ajeno, no hay bienestar que se sostenga, ni esfuerzo que tenga sentido, ni avance que se celebre de verdad.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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