Espírito Santo, la otra cara del Sudeste brasileño que sorprende con sus sierras y su cocina de mar
A una hora de vuelo desde Río de Janeiro, el estado capixaba ofrece playas sin aglomeraciones, la mítica Pedra Azul y una gastronomía con identidad propia que se prueba en cada rincón.
Soy Ignacio Jerkovic, de la sección Turismo, y en esta nota quiero llevar a quien lee a un destino que suele quedar a la sombra de los grandes íconos del litoral brasileño pero que, cuando se lo conoce de cerca, termina conquistando por su mezcla exacta de playa, sierra y buena mesa. Espírito Santo, el estado que se extiende entre Río de Janeiro y Bahía, viene ganando visitantes brasileños y del Mercosur con una propuesta que combina costas tranquilas, una formación rocosa de colores cambiantes y una gastronomía de identidad fuerte, y lo mejor es que desde Argentina se llega con una conexión de menos de una hora desde Río de Janeiro o algo más desde San Pablo, según los datos que maneja el propio ente de promoción turística capixaba.
Una geografía que cambia de paisaje en pocos kilómetros
Espírito Santo ocupa la región Sudeste de Brasil y limita con Bahía, Minas Gerais y Río de Janeiro. Su capital es Vitória, una ciudad que se estira sobre una bahía de aguas calmas, y del otro lado del puente queda Vila Velha, la ciudad vecina que concentra buena parte de la oferta costera: playas amplias, de oleaje moderado y, lo que más destacan los guías locales, sin la masividad que suele verse en otros destinos del litoral brasileño como Búzios o Arraial do Cabo, con lo cual la experiencia de playa es bastante más relajada para quienes viajan buscando desconexión.
A apenas una hora de la zona metropolitana, el paisaje cambia de manera abrupta. Las sierras reciben al viajero con temperatura más fresca y una geografía distinta, protagonista absoluta la Pedra Azul, un monolito que varía de color a lo largo del día y que va pasando por el verde, el azul intenso y el naranja según la posición del sol, un fenómeno óptico que depende de la luz y que convierte cada visita en una experiencia distinta incluso para quienes ya conocen el lugar, algo que los guías de la zona remarcan con insistencia porque, según cuentan, jamás se ve dos veces iguales y siempre hay un horario en el que el color sorprende más que en otros, sobre todo en la franja cercana al atardecer, cuando la piedra se enciende en tonos rojizos que parecen de ciencia ficción.
Agroturismo en las alturas y sabores con nombre propio
- Lavandarios y haciendas cafetaleras que abren sus puertas para recorrer los cultivos y entender de primera mano cómo se produce un café de especialidad de altura, algo cada vez más buscado por los viajeros argentinos que ya conocen el café colombiano o peruano.
- Productores de quesos artesanales, embutidos curados y palmitos frescos que se venden en el mismo establecimiento, lo que garantiza trazabilidad y frescura y permite llevarse a casa algo más que un recuerdo.
- Recorridos de agroturismo con degustación incluida y compra directa al productor, una modalidad que en los últimos años creció fuerte en la región serrana y que es, según los operadores locales, una de las experiencias más valoradas por quienes elijen la zona.
La gastronomía capixaba tiene sello propio y, en una nota sobre este estado, sería un pecado no detenerse en ella. El plato central es la moqueca capixaba, que se diferencia claramente de la versión bahiana justamente por lo que no lleva: ni aceite de palma ni leche de coco, una diferencia que a primera vista parece menor pero que en el paladar cambia por completo el carácter del plato. Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del estado, lo define como una preparación ligera y saludable a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales cocinada en cazuela de barro, y quien haya probado ambas versiones sabe que el capixaba resulta más limpio, más cercano a la esencia del pescado, sin la untuosidad que aporta el dendê bahiano, una particularidad que los guías suelen remarcar con orgullo cuando llevan a los visitantes a un restaurante típico en Vila Velha o en la propia Vitória.
Cómo llegar y una recomendación final
Para llegar desde Argentina, el camino más directo es un vuelo hasta Río de Janeiro o San Pablo y desde allí una conexión hacia el aeropuerto de Vitória: aproximadamente 45 minutos desde Río y algo más de una hora desde San Pablo, tiempos que, sumados al tramo internacional, permiten armar una escapada de entre cinco y siete días sin demasiado esfuerzo. Quienes prefieran la ruta terrestre desde Río de Janeiro tienen unas ocho horas de viaje por la ruta costera, una opción válida para quienes ya están en Brasil y gustan de manejar, con paisajes que acompañan durante todo el recorrido, aunque es justo decirlo: el vuelo es, por lejos, la forma más práctica de llegar.
Como recomendación práctica, les sugiero armar la visita en dos tramos bien marcados: los primeros dos o tres días en la zona costera de Vila Velha y Vitória, eligiendo playas como Itapuã o Praia da Costa, que suelen ser las más elegidas por los guías por su oleaje amable y sus servicios, y reservar el resto para subir a la región serrana con base en Domingos Martins o Pedra Azul, donde el clima fresco de las alturas pide un abrigo ligero incluso en verano y donde la mejor hora para ver la piedra cambiar de color es la última de la tarde, así que conviene programar la visita para esa franja y llevar a mano un saco liviano porque, créanme, la diferencia térmica entre la playa y la sierra en pocas horas se siente, y mucho. ¿Conocés Espírito Santo o tenés pensado visitarlo? Contanos en los comentarios qué parte del destino más te llama la atención.
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