Herencias que pesan: lo que repetimos con nuestros hijos sin darnos cuenta
El psicólogo especializado en trauma Maxi McCoubrey repasó con este portal qué marcas de la infancia reaparecen cuando criamos, por qué muchas veces se cuelan sin aviso y qué se puede hacer para empezar a cambiarlas.
Son las diez de la mañana en un café cualquiera de Buenos Aires y la pregunta vuelve a aparecer entre los pedidos y las tazas servidas: por qué siendo tan consciente de lo que no quiero repetir, igual me sorprendo gritándoles a mis hijos lo mismo que me gritaban a mí. La escena es de lo más cotidiana, tanto como esa bronca que aparece de la nada ante una traviesa derramada, un juguete tirado o una pelea entre hermanos que se vuelve intolerable sin razón clara.
Ese es exactamente el punto de partida que eligió el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey para pensar el tema. "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", me dijo, y enseguida aclaró que esa historia no viene sola ni aparece solo cuando hay un trauma gigante a la vista. Se cuela en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto y hasta en las ideas que circulan por casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. Acá en la isla del barrio, en cualquier manzana, cualquiera puede dar fe de eso: alcanza con escuchar cómo un padre o una madre le habla a su hijo en la vereda para empezar a reconocer la cadena.
Lo que se hereda sin querer
McCoubrey es firme en una distinción: el problema no está en repetir, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa. Es decir, no toda repetición es dañosa, pero hay un piso mínimo por debajo del cual la crianza empieza a dejar consecuencias que después costará muchísimo revertir.
Las marcas más difíciles de cambiar, según el especialista, no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que ni siquiera se cuestionan durante años, y eso las hace especialmente silenciosas. McCoubrey las enumera así:
- Pérdidas silenciadas, duelos que no se nombraron y que quedaron flotando en la casa.
- Violencias naturalizadas, del orden que sean, que se vivieron como parte del paisaje.
- Vergüenzas heredadas, esa sensación de no ser suficiente que se transmite sin palabras.
- Mandatos que pasan de una generación a otra, frases del tipo "en esta familia se hace así" que clausuran otras opciones.
El denominador común, me explicó, suele ser la rigidez: esa dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba. Cuando aparece esa rigidez, la historia propia empieza a hablar más fuerte que las necesidades del chico que tenemos enfrente.
Querer hacer lo opuesto tampoco alcanza
Hay una trampa muy frecuente que el psicólogo conoce de cerca: creer que, con solo hacer lo contrario de lo que nos hicieron, alcanza. Para McCoubrey, criar solo en oposición a la propia infancia puede terminar volviéndose una crianza reactiva. "En vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", advirtió. Y añadió un dato clave: alguien que creció en una crianza rígida puede terminar pensando que toda frustración del chico es traumática, y entonces queda sin herramientas para poner límites sanos. Reaccionar a lo viejo, aunque sea en contra, sigue siendo reaccionar a lo viejo.
Mirar al hijo concreto, no al hijo imaginado
La salida, según el especialista, no pasa por encontrar un punto medio matemático, una especie de receta que combine un poco de lo que nos hicieron y un poco de lo contrario. Pasa por mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resumió. Ahí aparece la diferencia entre una idea genérica de cómo se cría y hacerse cargo del pibe o la pibe que efectivamente tenemos en casa.
Las señales para empezar a revisar
McCoubrey propuso una pista concreta para identificar cuándo la propia historia se está metiendo en la crianza sin permiso: las reacciones desmedidas ante situaciones cotidianas. Una bronca que desborda frente a una pavada, una preocupación extrema que no se puede explicar o la necesidad compulsiva de tener todo bajo control suelen ser marcas de que se está respondiendo más a lo viejo que a lo nuevo.
Ahí es donde aparece la parte que más me llevo de la charla. Cambiar estos patrones no es prometer no volver a equivocarse nunca, porque eso sería desconocer que somos seres humanos criando en medio de una vida que también pesa. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", ejemplificó McCoubrey. Y eso, dice, ya es una manera enorme de empezar a interrumpir la cadena.
Lo que uno espera que pase
Mariana, vecina de Palermo, me lo dejó claro después de escucharlo: "Yo ya no le pido a mi hijo que sea perfecto ni me pido yo ser una madre perfecta, le pido no repetir lo mismo y animarme a hacer algo distinto aunque me tiemble la voz". Es exactamente eso lo que uno espera que pase. Que la próxima vez que la bronca aparezca, en lugar de salir automática como nos enseñaron en la infancia, haya un segundo antes, una pausa, y un volver para atrás con algo nuevo que decir. Mientras tanto, vamos haciendo lo que podemos, con la historia a cuesta pero con la decisión, al menos, de no repetir la parte que nos hizo daño.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Sur Extremo Noticias