La presión alta se instala en silencio: por qué medírsela puede cambiarlo todo
En la Argentina, más de un tercio de los adultos convive con hipertensión y casi cuatro de cada diez ni siquiera sabe que la tiene. Una médica, un vecino y los números oficiales ayudan a entender por qué un control tan simple sigue siendo tan importante.
Me acerco a la farmacia del barrio de Once, acá en la isla, con la pregunta todavía dando vueltas: ¿cuánta gente se toma la presión sin que nadie se la pida? La farmacéutica me mira, se acomoda el guardapolvo blanco y me dice, mientras ordena unos estuches de tensiómetros digitales, que ella atiende a María, una jubilada que pasa todos los martes a las diez de la mañana. María viene sola, se sienta en la sillita del rincón, se desabrocha el saco y estira el brazo. «No me duele nada, pibe», le repite cada vez, como quien se excusa por estar ahí. Sin embargo, la semana pasada le marcó 150 sobre 95 y la mandó a la guardia. María tiene 72 años y, como casi cuatro de cada diez argentinos hipertensos, hasta ese momento no tenía la menor idea de lo que le pasaba por dentro.
Un problema que crece sin hacer ruido
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Porque esa es, precisamente, la trampa de la hipertensión: avanza sin dar señales claras. La persona se siente bien, sigue con su rutina, sube escaleras, cocina, lleva a los chicos al colegio, y mientras tanto el corazón trabaja de más, las arterias se endurecen y los órganos reciben un poco menos de lo que necesitan. Esperar a que aparezca un dolor de cabeza intenso, un zumbido en los oídos o una visión borrosa para consultar es, en la mayoría de los casos, esperar demasiado.
- Medirse la presión de forma periódica, aunque uno se sienta perfectamente bien.
- Reducir el consumo de sal, sobre todo la que se agrega en la mesa o en la cocción.
- Mantener una alimentación equilibrada, con frutas, verduras y menos ultraprocesados.
- Hacer actividad física de manera regular, incluso caminatas de treinta minutos.
- Atender el estrés crónico, que también empuja los valores hacia arriba.
Los números que maneja el Registro Nacional de Hipertensión Arterial son elocuentes y, a la vez, preocupantes: el 36,3% de los argentinos mayores de 18 años tiene presión elevada. Si llevamos esa proporción al total de la población adulta, estamos hablando de cerca de doce millones de personas. Pero hay un dato todavía más alarmante, y es el que mencioné al principio: casi cuatro de cada diez de esos hipertensos no saben que lo son. Es decir, caminan por la vida con una condición que puede terminar en un infarto o en un accidente cerebrovascular sin haber pasado jamás por un consultorio para confirmar el diagnóstico.
Saber que la tengo no alcanza: hay que controlarla
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Incluso entre quienes ya recibieron el diagnóstico y empezaron un tratamiento, el panorama no termina de cerrarse: apenas alrededor del 44% logra mantener sus valores dentro de los rangos recomendables. La explicación, según coinciden los especialistas, pasa por la adherencia a la medicación, por los hábitos cotidianos y, en muchos casos, por los bolsillos: sostener un tratamiento crónico en la Argentina de hoy no es un detalle menor. La segunda Encuesta Mundial sobre Hipertensión Arterial de la Organización Mundial de la Salud, publicada este año, completó la foto: en el mundo hay 1.400 millones de adultos con presión alta, y solo uno de cada cinco la tiene controlada. Somos nosotros, los argentinos, parte de esa estadística global, y por eso el tema deja de ser médico para volverse también social.
Antes de irme, vuelvo a la farmacia y le pregunto a la farmacéutica qué le diría a alguien que nunca se midió la presión. Me mira, se ríe bajito y me responde con la misma frase que le repite a María cada martes: «Que se acerque, que se siente, que estire el brazo. Después, si los números están bien, se va tranquilo a su casa. Y si no están bien, se va un poco preocupado, pero a tiempo». A tiempo, justamente, es la palabra que define a la hipertensión: detectada en silencio, se puede tratar en silencio. Detectada tarde, habla a los gritos.
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