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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La psicóloga Cynthia Wila y el peso invisible que las expectativas familiares dejan en los hijos

La autora del ensayo La culpa sostiene que los mandatos afectuosos también pueden restringir las decisiones y dejar una huella que llega a la vida adulta.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · · lectura 3 min
La psicóloga Cynthia Wila y el peso invisible que las expectativas familiares dejan en los hijos

Acuérdense de esa cena familiar donde todo empieza con una pregunta inocente y termina con un nudo en el estómago. "¿Y qué vas a hacer con tu vida?", dice la tía mientras sirve el vino. "Yo a tu edad ya tenía dos hijos", suspira la madre. Son frases que parecen dicho al pasar, pero que pesan como una mochila. La autora del libro La culpa, la psicóloga Cynthia Wila, se dedica precisamente a desarmar ese tipo de escenas cotidianas, esas que acá en la isla del Caribe y en cada casa de cualquier ciudad de este país aparecen repetidas hasta el hartazgo.

Wila, que acaba de publicar su ensayo por Paidós, explica que las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos muchas veces incluyen proyectos que ellos mismos no pudieron cumplir. Y acá aparece lo más complicado del planteo: cuando esas metas inconclusas se trasladan a los hijos, se genera una demanda casi imposible de satisfacer, porque nadie puede hacerse cargo de los deseos pendientes de otra persona.

El mandato por la presión

Lo más interesante del trabajo de Wila es que pone el foco en algo que solemos pasar por alto: no hacen falta gritos ni palabras hirientes para que un pedido se transforme en una carga emocional. Un pedido formulado con cariño puede dejar abierta la misma inquietud: ¿qué esperan los adultos de mí? ¿Qué tengo que hacer para ganarme su aprobación? Esa búsqueda constante, según la psicóloga, suele traducirse en angustia y, sobre todo, en culpa.

La especialista distingue entre dos clases de normas. Por un lado, las que ayudan a armar una convivencia razonable, como las que ponen límites a la agresión. Por el otro, los mandatos que restringen las elecciones personales y que, a fuerza de repetirse, terminan atadas al miedo de perder el afecto de quien las formula. Así, decisiones importantes de la vida adulta, como una mudanza, un cambio de trabajo o el final de una pareja, pueden quedar condicionadas por ese temor más que por el deseo propio.

Las voces que siguen sonando

El planteo más fuerte del libro, al menos el que más me hizo pensar, es que esas presiones no se apagan al cumplir los dieciocho ni al irse de la casa de los padres. Wila sostiene que las voces y los juicios que recibimos durante la infancia se internalizan y funcionan como reproches propios. La exigencia puede persistir aun cuando ya nadie la esté expresando en voz alta desde afuera.

  • Detenerse a pensar qué está pasando antes de reaccionar desde la culpa.
  • Revisar la responsabilidad concreta por los propios actos, separándola del reproche permanente.
  • Distinguir entre las normas que ayudan a convivir y los mandatos que restringen elecciones personales.
  • Reconocer que la voz interior puede repetirse aun cuando nadie la exprese desde afuera.

Wila aclara, y vale la pena subrayarlo acá en la isla, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo de una persona a otra. Por eso, ella describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. Su propuesta, entonces, no es borrar de cuajo la voz de los padres ni negar el peso de la crianza, sino revisar de qué nos acusamos cada uno y empezar a separar lo concreto del cuestionamiento permanente sobre nosotros mismos. Al final, lo que la persona espera que pase es poder decidir sin que la culpa le tape la salida.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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