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VIE, 16 OCT 2026
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La vengeance de Ulzana, o cómo un mismo western puede cambiar de cara según el público que lo mire

Burt Lancaster, Robert Aldrich y un guion de Alan Sharp que reescribe a John Ford: la historia de una película de 1972 que tuvo dos montajes, uno supervisado por el director y otro retocado por el protagonista antes de cruzar el océano, y que Arturo Pérez-Reverte se empecinó en rescatar del olvido.

SP
Sofía ParedesCultura y espectáculos · · lectura 6 min
La vengeance de Ulzana, o cómo un mismo western puede cambiar de cara según el público que lo mire

Les tengo que confesar algo: cada vez que me siento frente a una pantalla para mirar un western, lo hago con la sospecha de que me estoy perdiendo algo. No me refiero a la pirotecnia del género, esa que va del polvo de Monument Valley a la sombra de Clint Eastwood, sino a esos pequeños secretos de producción que cambian una película sin que el espectador se entere. La vengeance de Ulzana es, justamente, uno de esos secretos a voces que circulan hace décadas entre cinéfilos y que rara vez llega al mostrador del videoclub de barrio. Por eso, cuando me topé con el dato de que esta película de 1972 tuvo dos montajes distintos, uno para Estados Unidos y otro para Europa, no pude evitar detenerme a desarmar la historia como se desarma una Winchester antes de una cacería larga.

El punto de partida es, como diría mi abuelo, bien clásico: un indio se fuga de una reserva donde lo han castigado, se junta con un grupo de apaches y empieza a sembrar el pánico en la frontera. La caballería de Estados Unidos sale a darle caza y, para encontrarlo, suma a un explorador con experiencia en el terreno. Ese McIntosh que interpreta Lancaster es la pieza clave de la persecución y, al mismo tiempo, la conciencia incómoda de un ejército que no termina de entender a quién está persiguiendo. Es una premisa con olor a John Ford, y no es casual: el guionista Alan Sharp reconoció de manera bastante explícita que tenía a Centauros del desierto como una de sus grandes influencias, y que la idea original era, en sus propias palabras, rendirle un homenaje a través de esta nueva historia. Cuando uno lo lee así, la película deja de ser un western más y se convierte en una carta de amor con sangre, dirigida por un realizador que se había formado en la fábrica de los grandes y que ya venía de firmar títulos como ¿Qué fue de Baby Jane? o Doce del patíbulo.

El detalle que cambia la película

Porque acá viene lo jugoso, lo que me parece que merece la pena subrayado con marcador: la copia que se vio en los cines estadounidenses, supervisada por el propio Robert Aldrich, no es la misma que llegó a Europa, donde Burt Lancaster metió mano directamente en el montaje. Las dos versiones tienen una duración parecida, pero no comparten todo el metraje. La diferencia más notoria, la que todavía hoy se comenta en los foros de cine de viejo, es el personaje de Aimee Eccles, la amante indígena del protagonista. En el montaje europeo, esa historia de amor silenciosa y atravesada por la frontera fue directamente borrada. Una misma película, dos lecturas, y un romance que para algunos espectadores directamente no existió. Es una de esas decisiones de producción que nos recuerdan que el cine, antes de ser arte, es un negocio internacional con aduanas y públicos muy distintos.

“Una obra maestra de Robert Aldrich, una película extraordinaria y muy poco conocida.”Arturo Pérez-Reverte

Y es precisamente Pérez-Reverte, que de westerns sabe bastante, el que volvió a poner el título en el mapa con una recomendación reciente. Lo hizo con el tono del que recupera un libro perdido en una caja de ofertas: con cariño, pero también con la urgencia del que sabe que el tiempo no juega a favor. Lo que más le destaca es la violencia del arranque, esa escena cruda en la que un soldado mata a una mujer, y que funciona como una declaración de principios sobre lo que viene después. Quien lo lea y se acuerde de la famosa secuencia inicial de En el calor de la noche o de la primera media hora de Salvador, sabe que Aldrich no tenía miedo de empezar con el pie en el cuello del espectador. Acá hace exactamente eso, y por eso el arranque se vuelve una especie de sello de garantía para los que todavía dudan si darle una oportunidad.

  • Robert Aldrich, director, que supervisó el montaje para Estados Unidos.
  • Burt Lancaster, protagonista y responsable directo del montaje europeo.
  • Alan Sharp, guionista, que asumió la influencia de The Searchers de John Ford.
  • Aimee Eccles, la actriz cuyo personaje desaparece en la versión que llegó a Europa.
  • Arturo Pérez-Reverte, el escritor que volvió a recomendarla como una obra maestra del director.

Como verán, la película es de esas que viven en el limbo de los títulos recomendables: recibió buenas críticas, contó con el respaldo orgulloso de su director y, sin embargo, en la boletería no terminó de encontrar al público que merecía. Es el destino habitual de los westerns que llegan un poco tarde al género, cuando la fórmula ya se estaba agotando en Hollywood y los grandes estudios empezaban a mirar para otro lado. Por eso, si me preguntan qué lugar ocupa hoy La vengeance de Ulzana en una conversación sobre el oeste, les diría que es el del clásico moderno que pide ser redescubierto, una de esas películas que un día aparecen en una filmoteca, en una retrospectiva inesperada, o en una nota como esta, y que de repente se vuelven imposibles de sacar de la cabeza. Ahora, antes de despedirme, me tomo un segundo para lo práctico, porque de nada sirve recomendar una película si uno no le dice al lector dónde y cuándo puede ir a buscarla.

Para verla y no perderse en el intento

Funciones: consultar la cartelera de la sala de cine de tu ciudad o la programación del ciclo de westerns del Centro Cultural que tengas más cerca, ya que suele ser un título recurrente en retrospectivas de Aldrich y de Lancaster. Si la proyección forma parte de un ciclo, conviene llegar entre quince y veinte minutos antes, porque las salas suelen completar la capacidad cuando hay un western poco exhibido en juego. Precio: la entrada general ronda los valores habituales de cine o cineclub de tu ciudad, con descuento habitual para jubilados y estudiantes, y en muchos casos la función se incluye con el abono mensual del complejo o del centro cultural. Cómo llegar: lo más sencillo es chequear en Google Maps la dirección exacta del complejo, aunque para los cines del centro porteño, por ejemplo, las combinaciones de subte son las que mejor funcionan; para los centros culturales de barrio, en cambio, conviene revisar el colectivo que pasa por la cuadra, porque muchas veces la oferta cultural se concentra en zonas con buena frecuencia de transporte público. Y, ya que estamos, les dejo la pregunta que el propio material me dejó picando: si ustedes pudieran sumar una película del oeste a esta conversación, ¿con cuál se animarían a abrir el debate?

SP
Sofía ParedesCultura y espectáculos

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