Limoges, la ciudad francesa donde el esmalte y la porcelana cuentan ocho siglos de oficio
A medio camino entre París y Toulouse, la capital del Macizo Central combina museos de arte decorativo, talleres abiertos al público y locales de venta directa de fábrica. Un recorrido para caminar pausado, con paradas en palacios episcopales, catedrales góticas y obradores donde todavía se pinta a mano.
Les propongo una escapada que se mide en piezas de museo, no en kilómetros. A Limoges se llega después de unas tres horas y media de tren desde París, o algo más desde Toulouse, en el corazón de Francia, y lo que allí se encuentra es una ciudad que lleva más de mil años haciendo esmalte y casi tres siglos fabricando porcelana. La recorrí a pie, con el cuaderno bajo el brazo y la mirada atenta, y lo que más me gustó fue comprobar que las dos tradiciones conviven todavía en sus calles: se entra a un taller donde un artesano pinta una taza y, a la vuelta de la esquina, se visita una colección de relicarios del siglo XII.
Un palacio con vistas a la Vienne
El Museo de Bellas Artes ocupa el antiguo palacio episcopal, un edificio con fachada clásica que vigila el río Vienne desde una colina. En su interior, según me explicó el guía local Eric Boutaud, se custodian más de mil doscientas piezas de esmalte que van desde el siglo XI hasta nuestros días. Lo que más me impresionó fue una medalla azul de unos tres centímetros, datada alrededor del año mil, considerada una de las piezas más antiguas del catálogo. El recorrido sigue con relicarios medievales y avanza hasta los trabajos renacentistas de Léonard Limosin, el nombre que cualquier amante de las artes decorativas francesas debería retener.
Porcelana con historia y con nombre propio
El Museo Nacional Adrien Dubouché, bautizado así en homenaje a un mecenas del siglo XIX, está dedicado por completo a la porcelana. Allí se puede ver el servicio Grain-de-riz, manufacturado por la casa Pouyat en 1878, una vajilla delicada que todavía se reconoce en muchas mesas europeas. También están las piezas de Haviland, firma que introdujo aires japoneses en la producción local, y ejemplos de cómo el art nouveau y el art déco se colaron en la decoración de platos, jarras y juegos de café. La sensación, al terminar la visita, es la de haber leído un libro abierto sobre la historia del gusto occidental.
La catedral Saint-Étienne suma a su patrimonio gótico una obra contemporánea que dialoga con el pasado: Notre-Dame de la Pleine Lumière, una virgen negra realizada íntegramente en esmalte por Léa Sham’s y Alain Duban. Es la prueba de que el oficio no es solo patrimonio de museo, sino una técnica viva que sigue produciendo imágenes nuevas.
Dónde comprar y dónde meter las manos
Para quienes viajan con el propósito de volver con algo en la valija, la ciudad ofrece casas de porcelana y locales de venta directa de fábrica, donde una vajilla básica se consigue a precios muy por debajo de los que se pagan en las grandes tiendas parisinas. Recomendable recorrer la calle principal del centro con tiempo, porque las vidrieras tientan a cada paso. También hay pequeños talleres de joyería que trabajan el esmaltado desde técnicas de origen medieval y, para los más curiosos, espacios donde se puede participar en una actividad de iniciación y llevarse la pieza recién hecha como recuerdo. Confieso que yo no pude resistirme y volví a Buenos Aires con una pequeña medalla azul que me recuerda a la del museo.
- Museo Nacional Adrien Dubouché: la colección obligada para entender la porcelana francesa del siglo XIX y XX.
- Museo de Bellas Artes, en el antiguo palacio episcopal: esmaltes desde el año mil hasta hoy.
- Catedral Saint-Étienne: la virgen negra contemporánea, una rareza que vale la pena ver de cerca.
- Talleres abiertos al público: para hacer una pieza propia y llevársela de recuerdo.
- Locales de venta directa de fábrica: porcelana a precio de origen, con la mejor relación calidad-precio del viaje.
Cómo organizar la visita
Mi recomendación es dedicar al menos una jornada completa, idealmente dos, y caminar con abrigo liviano porque el clima del Macizo Central cambia rápido: en mi paso por allí pasé de un sol tibio a una llovizna fina en cuestión de horas. La ciudad se recorre bien a pie, pero conviene empezar a primera hora de la mañana, cuando los museos abren y las calles todavía están tranquilas; al mediodía se puede hacer una pausa en alguno de los bistrós del centro y retomar por la tarde con los talleres, que suelen recibir visitantes hasta el cierre, alrededor de las dieciocho. Si el tiempo acompaña, sentarse junto al río Vienne con un café antes de volver al hotel es, a mi entender, la mejor manera de despedirse de Limoges.
La expansión de la porcelana en la región, vale recordarlo, arrancó hacia 1760, cuando se descubrió caolín en los alrededores; la cercanía de las canteras y de los bosques que proveían de leña a los hornos hizo el resto. Esa historia, que lleva más de doscientos sesenta años, sigue escribiéndose en cada taller abierto al público y en cada pieza que un visitante decide pintarse a sí mismo. ¿Qué les gustaría conocer primero a ustedes: las colecciones de los museos o el trabajo en los talleres?
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