No, tu cerebro no es "izquierdo" ni "derecho": por qué la moda de clasificarnos así no se sostiene
La idea de que somos racionales o creativos según el hemisferio que domina nuestro cerebro circuló en test virales, escuelas y conversaciones de café. Especialistas y un estudio con más de mil participantes desmontan el mito y explican cómo funciona realmente la plasticidad del órgano que nos define.
Acá en la isla, basta con abrir cualquier grupo de WhatsApp familiar para toparse con el clásico test que te dice si sos "de cerebro izquierdo" o "de cerebro derecho". Lo prometen como un mapa del carácter: si te inclinás hacia un lado, sos analítico y ordenado; si te vas para el otro, sos creativo y emocional. Es un pasatiempo simpático, sí. Pero la verdad es que la ciencia lleva años pidiéndonos, con pruebas concretas, que dejemos de tomárnoslo en serio. Dejémonos de jorobar con los memes y vayamos a lo que muestran los papers.
El cerebro, ese dispositivo prodigioso que nos define como especie, tiene dos hemisferios. Es cierto. Y también es cierto que no hacen exactamente lo mismo: el izquierdo se lleva el protagonismo en el lenguaje y maneja el movimiento del lado derecho del cuerpo, mientras que el derecho se luce en la atención visual y espacial y comanda el lado izquierdo. Hasta ahí, todo correcto. Lo que no tiene sustento, lo que se cae de maduro cuando uno lo piensa con cuidado, es la idea de que esa distribución determine si alguien es más racional que creativo, más contador que artista, más ingeniero que poeta.
Lo que dice la evidencia, no lo que dice el test de Instagram
Para entender por qué la clasificación se tambalea, vale la pena mirar un estudio publicado en la revista PLOS ONE. Los autores pusieron a 1.011 personas —nadie menos que eso— de entre 7 y 29 años bajo resonancias magnéticas en reposo, registrando cómo se conectaban sus redes neuronales. ¿Y qué encontraron? Sí, hallaron regiones con lateralización, esto es, áreas del lenguaje más activas en el hemisferio izquierdo y redes de atención más presentes en el derecho. Pero, ojo, cuando bajaron los datos a una mirada de conjunto, no apareció ningún patrón que permitiera decir "este individuo es de izquierda" o "este otro es de derecha". La especialización es local, puntual, de redes específicas, y no una bandera que flamee sobre la personalidad entera.
La explicación que dio Grace Tworek, psicóloga de la Cleveland Clinic, es la más clara que escuché en mucho tiempo y va directo al punto: las fortalezas individuales no prueban que una mitad del cerebro gobierne la personalidad. O sea, que vos seas bueno con los números no significa que tu hemisferio izquierdo te maneje la vida; y que a mí se me dé bien dibujar no quiere decir que el derecho me tenga tomado el volante. Las habilidades se construyen con práctica, con estudio, con insistencia, no con geografía cerebral.
Por qué los dos hemisferios son, en realidad, uno solo
Acá viene un dato que a mí, particularmente, me sigue pareciendo fascinante cada vez que lo recuerdo: los dos hemisferios no paran de hablarse. Lo hacen a través del cuerpo calloso, un manojo enorme de fibras nerviosas que funciona como puente permanente entre una mitad y la otra. Esa comunicación constante es la que nos permite mantener una conversación cara a cara, que no es poco: mientras hablamos, estamos procesando palabras, interpretando el tono de voz, leyendo los gestos del otro y manejando el contexto emocional, todo al unísono. Si los hemisferios fueran islas incomunicadas, no podríamos ni pedir un café en la esquina sin que el mensaje se nos pierda a mitad de camino.
El origen del mito y por qué sigue dando vueltas
El cuento tiene un origen concreto, y es interesante conocerlo para no caer en la trampa. Durante buena parte del siglo XX se estudiaron pacientes a los que se les había seccionado el cuerpo calloso —la llamada comisurotomía— para controlar crisis epilépticas graves. En esos cerebros intervenidos, sí, se podían observar diferencias notorias entre un hemisferio y otro, porque se había cortado literalmente el cable que los une. Pero de ahí a extrapolar eso a una persona sana, hay la misma distancia que del café de mi esquina a la luna: en uno la distancia es de cuadras; en el otro, es sideral. Tomar un caso clínico extremo como modelo de la población general es un salto que la ciencia no avala, y que nosotros tampoco deberíamos aceptar tan rápido.
Lo más delicado del asunto, y acá me pongo un poquito emotivo, es lo que la Unesco señaló con firmeza: meter estas ideas en el aula puede condicionar lo que esperamos de los alumnos. Imagínense a un chico de primaria que escucha al maestro decir "vos sos de cerebro derecho, así que las matemáticas no son lo tuyo". Aunque sea en broma, el mensaje cala, se queda, y termina funcionando como un techo invisible que el propio pibe se autoimpone sin saber que lo está haciendo. Lo mismo pasa con el que se asume "creativo" y cree que la organización y la disciplina no son para él. Son jaulas mentales que nos construimos con material ajeno, y que limitan el desarrollo de habilidades que, perfectamente, podríamos haber entrenado.
Yo, la verdad, cada vez que alguien me comenta con orgullo que es "de cerebro derecho" o con resignación que es "de cerebro izquierdo", me dan ganas de convidarle un buen paper y un café. No para discutirle su identidad, que es sagrada, sino para recordarle que la complejidad del cerebro humano no cabe en un test de cinco preguntas. Somos una unidad, un sistema integrado, hecho de neuronas que se reciclan y reconectan a lo largo de toda la vida. Y eso, lejos de ser un dato frío de manual, es una buena noticia: significa que las habilidades que hoy nos cuesta trabajo desarrollar las podemos entrenar mañana, con esfuerzo y con ganas, sin que ningún hemisferio nos lo prohíba. Lo que esperamos, quienes nos dedicamos a contar estas cosas con respeto, es que estas ideas dejen de circular como verdades reveladas y empiecen a discutirse como lo que son: un mito simpático que ya cumplió su ciclo.
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