The Good Place: la comedia que se atreve a preguntar qué hicimos con nuestra vida
Cuatro temporadas y 53 episodios de la serie de Michael Schur llegan a la pantalla con una premisa imposible: una mala persona llega al cielo y, entre chistes y clases de filosofía, termina repensando todo lo que creíamos saber sobre ser buena gente.
Les tengo que confesar algo: a mí The Good Place me agarró desprevenido. Empecé a verla por recomendación de un amigo, medio de compromiso, y terminé enganchada como pocas veces me pasa con una comedia. Lo que me sedujo de entrada no fue tanto el disparate ni los juegos conceptuales, sino esa sensación de estar viendo algo que se anima a preguntar en serio qué clase de persona somos, sin dejar por eso de sacarnos una carcajada a cada rato. Y eso, en televisión, no abunda.
Un vecindario diseñado para gente buena
Antes de hablar de la serie conviene detenerse un segundo en el mundo que construye, porque ahí está buena parte de la magia. Imaginemos un barrio luminoso, con casas parejitas, margaritas en el jardín y vecinos que se sonríen todo el tiempo. Eso es El Buen Lugar, el paraíso al que llegan las personas que, supuestamente, se ganaron el cielo. El que maneja las riendas de ese vecindario es Michael, un tipo elegante, encantador y bastante torpe en sus intentos por entender a los humanos, al que Ted Danson le pone una ironía deliciosa. A medida que uno se acomoda en ese escenario perfecto, la serie va dejando entrever las reglas del lugar y, sobre todo, la excepción enorme que desata todo: una de las habitantes no debería estar ahí.
“Sé que no pertenezco a este lugar. Vendía medicinas falsas a ancianos y me burlaba de la gente que quería. Pero acá estoy, y ahora tengo que aprender a ser buena en serio.”Eleanor Shellstrop
Esa frase, que recorre la primera temporada como un latido, resume el corazón de la propuesta. Eleanor Shellstrop, la protagonista, sabe perfectamente que su vida en la Tierra fue un desfile de egoísmo, estafas y cero empatía. Sin embargo, un error burocrático la depositó en El Buen Lugar, y a partir de ese secreto empieza una convivencia insólita con tres almas igual de descolocadas que ella: Chidi, un profesor de filosofía obsesionado con hacer lo correcto; Tahani, una supuesta millonaria-filántropa que vive atormentada por las comparaciones con su hermana; y Jason, un chico simple y querible que no tiene la menor idea de quién fue Kant. Los cuatro forman un equipo raro, entrañable, bastante humano, que va tirando de un hilo filosófico sin darse cuenta de que están escribiendo, en vivo y en directo, una clase de ética.
- Chidi Anagbone (William Jackson Harper): profesor de filosofía y ética, incapaz de tomar un café sin consultarlo con sus principios.
- Tahani Al-Jamil (Jameela Jamil): anfitriona perfecta por fuera, insegura por dentro, acostumbrada a medirse con los demás.
- Jason Mendoza (Manny Jacinto): chico de buen corazón que no llega a entender los debates pero aporta el costado más descontracturado del grupo.
- Michael (Ted Danson): el arquitecto del barrio, un ser intermedio entre querubín y gerente de consorcio, que observa todo con mezcla de afecto y desconcierto.
Kant, chistes y una pregunta que no se va
Lo fascinante que yo hice es cómo la serie combina material académico con humor del más delirante. En una misma escena pueden aparecer discusiones sobre el utilitarismo, el consecuencialismo o el imperativo categórico, al lado de un demonio con cara de bulldog francés o de una escena donde alguien intenta explicar el contractualismo mientras se cae por una cornisa. Esa mezcla, que en otro programa podría sonar a exceso, acá funciona porque la pregunta de fondo es profundamente seria: ¿se puede cambiar una persona? ¿Alcanza con proponérselo o ya es tarde? ¿Cuánto pesa lo que hicimos frente a lo que todavía podemos hacer? Son preguntas que, honestamente, uno se lleva a la cocina, a la sobremesa o al viaje en colectivo de vuelta a casa.
En las cuatro temporadas, la ficción no se queda quieta. El formato va mutando a medida que los protagonistas entienden mejor dónde están y qué se juega cada uno, y los giros no se agotan en el primer gran revelación. Eso le permite ir agregando capas: la pérdida, el paso del tiempo, los vínculos que se construyen entre ellos y la pregunta por el otro como motor de cualquier conducta moral. En ese recorrido, lo que más me emocionó, si me dejan opinar, es ver cómo cuatro personas que no tendrían por qué quererse terminan sosteniéndose en los momentos más difíciles. Hay algo ahí que nos toca de cerca, porque todos sabemos lo que es aprender a mirar al de al lado en un momento crítico.
La serie llega a un final que cierra el recorrido de sus protagonistas y le pone nombre a muchas de las cosas que uno fue intuyendo capítulo a capítulo. No quiero spoilear a quien todavía no la vio, pero les aviso que ese cierre deja una sensación cálida, de esas que uno asocia con las series que entendieron para qué se hacen. Y mientras lo miro, una vez más, me queda dando vueltas la pregunta con la que la propia producción se despide: ¿qué dilema de The Good Place te gustaría debatir? Yo, si me dejan, me quedo con el de Eleanor: ¿se puede ser mejor persona cuando el contexto te empuja a serlo, o hace falta que la decisión salga de uno?
Para verla en casa, la serie está disponible en la plataforma de streaming que ofrece el servicio en la Argentina. Se pueden ver las cuatro temporadas completas, con sus 53 episodios, ideal para maratonear un fin de semana. Como siempre, sugiero acomodarse con algo rico para tomar, una manta y, sobre todo, con alguien con quien discutir cada capítulo a la noche, porque esta es una de esas series que piden conversación. Después me cuentan qué les dio más para pensar, que a mí todavía me sigue dando.
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