Una cena que ya no pide permiso: cómo la nueva versión de "La invitación" se anima a romper con la fórmula original
Olivia Wilde toma la historia de Cesc Gay, le cambia la grasa narrativa y la convierte en algo más hondo y menos cómico. Acá, un recorrido por una remake que se diferencia con personalidad propia.
Me pasó lo que creo que les pasa a muchos: fui a ver "La invitación" pensando que sabía exactamente qué me esperaba, porque tenía fresco el recuerdo de "Sentimental", aquella comedia incómoda y porteña que Cesc Gay parió hace ya unos años y que se ganó el cariño del público con su humor punzante y su cena que se desmadraba de a poco. Y a los veinte minutos de película entendí que no, que esta vez la cosa iba en otra dirección, más callada, más íntima, con otra textura. Como dijo alguna vez el Puma Rodríguez, "uno no siempre vuelve al mismo lugar", y esa frase me resonó todo el rato mientras la cámara recorría ese departamento neoyorquino donde todo se cocina a fuego lento.
La misma mesa, pero con otra disposición de cubiertos
El arranque es calcado en su ADN y a la vez distinto en su respiración: una pareja acepta cenar con vecinos que apenas conoce y, encerrada en un departamento, empieza a exponer las grietas que llevaba acumulando sin querer. Están el músico frustrado que se entera tarde de los planes, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana como si nada y la sesión incómoda con la psicóloga que se vuelve casi un confesionario. Esa arquitectura argumental se mantiene, pero Olivia Wilde le mete a la puesta en escena un dinamismo que el original no tenía: el original era más teatral, más contenido en sus encuadres, más de obra de cámara. Acá la cámara se mueve con libertad, los actores tienen espacio para respirar y los silencios pesan distinto.
Los personajes dejan de ser tipos y empiezan a ser personas
Y acá es donde la película se juega su verdadera diferencia, la que la separa del original y la hace valer por sí misma. El personaje que interpreta la propia Wilde, que en "Sentimental" era más bien un boceto, gana espesor con referencias a una carrera artística que dejó en el camino y con gestos cotidianos, mínimos, que de pronto te cuentan cómo se vincula con el resto del mundo. El personaje de Edward Norton, que era casi un arquetipo del buen tipo algo indiferente, recibe también un pasado que justifica esa aparente despreocupación que muestra durante la cena. Son capas que el espectador agradece, porque le dan a la historia una densidad emocional que la original apenas insinuaba.
El poliamor como punto de quiebre
La decisión narrativa más fuerte de la versión de Wilde llega cuando se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz mantiene una relación poliamorosa, con un tercer jugador fuera de cuadro. En "Sentimental" esa revelación generaba un rechazo casi unánime entre los invitados, una caída del velo que rompía la fiesta. Acá el personaje que interpreta Seth Rogen reacciona distinto: con curiosidad mezclada con una inseguridad que se le nota en los ojos, en las manos, en la forma de sentarse. Esa respuesta más ambigua hace visible la fractura que ya existía en su propio matrimonio con el personaje de Wilde, una fractura que antes de esa confesión estaba apenas insinuada y que después ocupa el centro de la escena.
Un cierre que se aleja del chiste fácil
Ese giro sostiene el cambio de tono del tramo final, donde la comedia, que en el original era dueña de la fiesta, cede el paso a un drama más reflexivo, más quieto. El cierre ya no termina en el sexo que en "Sentimental" parecía cerrar todo como una reconciliación un tanto mecánica, casi de gag. La imagen final de esta versión es otra cosa: Rogen retoma el piano que había dejado abandonado mucho antes, y Wilde se sienta a tocar junto a él. La escena es emocionalmente cargada y, al mismo tiempo, deliberadamente abierta sobre qué significa ese momento para los dos, si es una reconciliación verdadera, una despedida silenciosa o un acuerdo nuevo para seguir adelante. Esa ambigüedad, lejos de quitarle fuerza al cierre, lo vuelve más honesto, más respetuoso con la complejidad de los vínculos que la película viene desarmando.
Para tener a mano
- Cines: complejo Village Recoleta, avenida Presidente José Figueroa Alcorta al 3000, y Showcase Norte, en el DOT Baires Shopping, avenida Cabildo al 2700.
- Horarios: funciones desde las 14, con tandas también a las 17, 19.30 y 22.10, todos los días.
- Entradas: general 7800 pesos, jubilados y estudiantes con acreditación 4900, miércoles popular 3900 en salas adheridas.
- Cómo llegar: subte línea D hasta estación Facultad de Derecho para Village Recoleta; subte línea B hasta estación Tronador para el DOT, combinación con tren Mitre ramal Suárez.
- Duración: 112 minutos, apta para mayores de 13 años con reservas.
- Reservas y más información en la web oficial de la distribuidora y en las aplicaciones de cada complejo.
Y acá me hago la pregunta que dejé picando al principio, la que creo que vale la pena quedarse pensando después de salir de la sala: ¿esa ambigüedad del cierre suma o le quita fuerza? Yo me inclino por lo primero, aunque entiendo a quien prefiera los finales redondos, los que cierran todo como un nudo limpio. La vida no suele cerrar así, y esta remake, a diferencia de la original, se atreve a mirar eso de frente.
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