Cómo trabajar con un familiar sin dañar la relación
Compartir un empleo con un padre, un hijo o un hermano activa dos lógicas simultáneas: la del trabajo y la de la familia. Una psicóloga especializada en entornos laborales y un abogado en conflictos empresariales y familiares explican qué acuerdos hay que fijar antes de empezar, por qué los límites protegen el vínculo en lugar de enfriarlo, y cómo manejar la situación cuando la jerarquía laboral invierte la jerarquía familiar.
Cuando un familiar entra al mismo espacio de trabajo, las reglas de la empresa y las del hogar empiezan a superponerse. La psicóloga del trabajo Analía Tarasiewicz describe la raíz del problema con precisión: la familia se organiza alrededor del amor y la pertenencia, mientras que el trabajo lo hace alrededor de funciones, responsabilidades y resultados. "El problema no es que estos dos mundos se relacionen, sino que se confundan", señala.
Esa confusión tiene consecuencias concretas: una observación sobre el desempeño puede vivirse como un rechazo afectivo, un desacuerdo profesional puede reabrir una discusión de pareja, y un hijo puede seguir buscando la aprobación de su padre cuando lo que la situación requiere es debatir una decisión de negocio.
El abogado Juan Cruz Acosta Güemes aporta una coordenada práctica: "el vínculo familiar es permanente y va a trascender cualquier cuestión laboral". Por eso, dice, preservar ese vínculo vale más que sostener cualquier situación de trabajo, incluso si eso implica resignar algo en el plano profesional.
Ambos especialistas coinciden en que la clave está en los acuerdos explícitos, idealmente por escrito, fijados antes de empezar. Tarasiewicz enumera qué debe quedar definido: qué función ocupa cada persona, quién toma cada tipo de decisión, cómo se evalúa el desempeño, cuál es la remuneración correspondiente al puesto y en qué momentos y espacios se habla de trabajo. "Cuanto más cercano es el vínculo, más explícitos deberían ser los acuerdos", subraya.
También advierte sobre dos errores opuestos pero igual de dañinos: darle privilegios a un familiar por el solo hecho de serlo, o exigirle más que a cualquier otro para demostrar que no hay favoritismo. Para salir de esa trampa propone una pregunta de chequeo: "¿Tomaría esta misma decisión si esta persona no fuera de mi familia?". Si la respuesta es no, hay algo que está interfiriendo.
La situación se vuelve más delicada cuando la jerarquía laboral va en sentido contrario a la familiar: un hijo que dirige a su padre, o un hermano menor que conduce al mayor. Acosta Güemes señala que en esos casos cada parte debe sostener su rol dentro del trabajo sin que eso borre el lugar que ocupa en la familia. Tarasiewicz agrega que el sueldo debe responder al puesto, la autoridad a la función y la evaluación a criterios profesionales, sin que la jerarquía organizacional defina el valor afectivo de nadie.
Hay una señal que indica que el vínculo laboral está dañando al familiar: cuando los desacuerdos del trabajo ya no se quedan en el trabajo y terminan contaminando las comidas, los fines de semana o cualquier encuentro fuera de la empresa.
¿Tu familia tiene (o tuvo) alguna experiencia trabajando junta? ¿Qué fue lo más difícil de sostener?
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