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MAR, 15 SEPT 2026
Vida

El bulto en el cuello que todos tocan y nadie decide revisar: cuándo una inflamación deja de ser un resfrío y se vuelve una consulta al médico

Un ganglio inflamado en el cuello aparece casi siempre con un catarro y, en la enorme mayoría de los casos, no pasa de ahí. Pero hay detalles que la mano no nota y que el cuerpo sí: tamaño, textura, persistencia y síntomas asociados pueden ser la diferencia entre esperar unos días y pedir un turno.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 15 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Acá, en la isla, Sofía me escribe por WhatsApp cada vez que le pasa algo. Sofía vive por Villa Lugano, tiene 47 años y tres hijos que le traen a casa todos los virus del colegio. La semana pasada me mandó una foto: el lado derecho del cuello, debajo de la mandíbula, hinchado como una aceituna grande. «Es un ganglio, ya me pasó», le dije. Pero esta vez la cosa venía acompañada de una fiebre que no se iba y de un cansancio que ella, que labura doble turno, no se bancaba. Ahí entendí que la pregunta que me hacía no era médica sino periodística: ¿cómo sabe una persona, en su casa, cuando un ganglio inflamado en el cuello es apenas una pelea interna contra un resfrío y cuándo es, en cambio, una señal que no conviene mirar para otro lado?

El cuerpo humano tiene alrededor de 600 ganglios linfáticos repartidos desde las piernas hasta la mandíbula, y cumplen una tarea bastante noble: son filtros que retienen bacterias, virus y otras sustancias que andan dando vueltas y que no tienen por qué seguir circulando. El doctor Daniel Sullivan, médico internista de Cleveland Clinic, los define con una imagen que me gusta repetir: «Los ganglios linfáticos son el sofisticado sistema de alcantarillado del cuerpo». Cuando aparece una infección, sobre todo si es viral y común, los del cuello se hinchan porque están trabajando. Eso es lo que les pasa a casi todos nosotros varias veces por año, casi siempre sin que le demos importancia.

Cuando el bulto deja de ser una anécdota

Ahora bien, no toda inflamación en el cuello, lo que en la jerga médica se llama linfadenopatía cervical, responde a un catarro que se va a ir solo. Hay un listado de enfermedades serias que pueden debutaren el cuello, y no está de más tenerlo presente sin volverse paranoico: leucemia, linfoma, melanoma, carcinoma de células escamosas, cánceres orales y cáncer de tiroides aparecen en la lista de las más asociadas. Incluso hay tumores que arrancan en otro lado del cuerpo y terminan mandando sus primeras señales al cuello, porque las células cancerosas se desprenden del tumor original, entran en el torrente sanguíneo o en el sistema linfático y se diseminan. «Cuando las células cancerosas se desprenden del tumor original, entran en el torrente sanguíneo o el sistema linfático y se diseminan a otras partes del cuerpo», advierte el propio Sullivan.

  • Dolor al tacto: si el ganglio duele cuando uno lo aprieta, en general la causa es una infección. Los asociados a cáncer, en cambio, suelen ser indoloros.
  • Tamaño: a partir de un centímetro y medio de diámetro, el bulto deja de ser una pavada y empieza a pedir una revisación médica.
  • Textura: los ganglios sanos son blanditos; el linfoma los vuelve gomosos, como una bolita de silicona; las metástasis los endurecen y, sobre todo, los fijan, o sea que no se dejan correr con los dedos.
  • Persistencia: una vez que se fue la infección, el ganglio tiene que volver a su tamaño normal. Si sigue creciendo más allá de las dos semanas, ya no es un resfrío.
  • Síntomas que lo acompañan: fiebre que no se explica, pérdida de peso sin haber hecho dieta, sudores nocturnos y un cansancio que no se corresponde con el esfuerzo del día son banderas rojas que conviene charlar con un profesional.

Lo que más me importa transmitir, y acá vuelvo a Sofía, es que nada de esto reemplaza la consulta. Nadie puede, ni siquiera el médico más canchero, distinguir un ganglio preocupante de uno que no lo es con solo mirarlo o tocarlo. La diferencia la hacen los estudios, la evolución en el tiempo y, sobre todo, la decisión de no quedarse en la casa esperando que se pase solo. Como resume el propio Sullivan con una frase que a mí me sirve de cierre: «Si esto lleva ocurriendo más de dos semanas y siguen aumentando de tamaño, es una señal de alarma que nos obliga a investigar causas más allá de las infecciones comunes».

Sofía, mientras tanto, ya tiene turno. Me escribió ayer a la noche para decirme que fue, que le pidieron una ecografía y análisis, y que está tranquila porque, pase lo que pase, prefirió llegar a tiempo a descubrirlo tarde. Es, me parece, lo más sensato que se puede hacer con un bulto en el cuello: no dejar que la costumbre de que «siempre se fue solo» se convierta en la razón por la que, esta vez, no se fue.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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