República Dominicana, a un paso del medio millón de turistas argentinos en lo que va de la década
El país caribeño recibió 440.212 visitantes de nuestro país en 2025 y espera superar los 500.000 este año. Cuatro propuestas para redescubrir un destino que va mucho más allá del clásico todo incluido en Punta Cana: la costa atlántica de Puerto Plata, las aguas calmas de Juan Dolio, la historia colonial de Santo Domingo y la calidez de su música y su mesa.
Cuando uno escucha "República Dominicana" lo primero que aparece en la cabeza de cualquier argentino es la postal tropical de Punta Cana: kilómetros de playas blancas, hoteles con todo incluido y un mar color turquesa que parece pintado a propósito para las fotos de Instagram. Pero detrás de esa imagen gigante que todos conocemos hay un país entero que, según los números oficiales que difundió el ministro de Turismo David Collado durante su paso por la Feria de Turismo de Buenos Aires, viene creciendo de manera sostenida entre los viajeros argentinos, hasta el punto de situarnos en el tercer lugar del ranking mundial de mercados emisores. La cifra que sostiene esa afirmación es concreta: en 2025 aterrizaron en tierras dominicanas 440.212 argentinos, y la proyección oficial para el corriente año es cruzar la barrera de los 500.000 visitantes. Son números que, en un contexto regional complejo para el turismo emisivo, llaman la atención y merecen una segunda mirada, porque detrás hay un fenómeno más profundo que el simple descuento de una tarifa aérea.
Lo que más llamó mi atención al revisar la información que compartió el funcionario es un dato aparentemente menor pero que, bien leído, explica mucho del fenómeno: el promedio de estadía de los argentinos en el país es de nueve noches, y la mayoría de quienes regresan manifiestan a las encuestas del ente oficial su intención de volver. Es decir que no estamos frente a un turismo de paso ni de escapada exprés: cuando un argentino decide viajar a República Dominicana, se queda prácticamente diez días y, encima, quiere repetir. Esa combinación de permanencia prolongada y fidelidad es el sueño húmedo de cualquier destino, porque significa derrame económico real, gasto en restaurantes, excursiones y experiencias fuera de la burbuja hotelera.
Cuatro territorios distintos en una sola isla
- Punta Cana, en el extremo oriental, sigue siendo el imán histórico: concentra la mayor cantidad de camas hoteleras del país y opera uno de los aeropuertos con mayor tráfico del Caribe, lo que lo convierte en el ingreso natural para la mayoría de los visitantes.
- Puerto Plata, sobre la costa atlántica —no sobre el Caribe como Punta Cana—, propone playas con infraestructura turística consolidada, montañas cercanas y un clima ligeramente más fresco por la brisa del Atlántico norte, ideal para quienes huyen del calor sofocante del sur.
- Juan Dolio, a pocos kilómetros de Santo Domingo, es la apuesta por las aguas calmas y protegidas, ideal para familias con chicos que buscan un mar sin oleaje y la posibilidad de combinar descanso con excursiones de un día a la capital.
- Santo Domingo, la capital, despliega uno de los cascos coloniales mejor preservados de toda América, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, con siglos de historia condensados en pocas manzanas caminables.
Ahora bien, quien haya visitado República Dominicana más de una vez sabe —y un guía local con el que conversé hace tiempo me lo confirmó— que el verdadero viaje empieza cuando se sale del resort. En Punta Cana todo está organizado para que el pasajero no necesite salir del hotel: buffet, tragos en la pileta, animación, playa. Está perfecto para una primera vez o para una luna de miel. Pero el país offers otra cosa: historia densa, paisaje diverso, una gastronomía con personalidad y una cultura popular que vive en la calle. Por eso, si ya se conoce la postal clásica, vale la pena cruzar la isla hacia el norte o internarse en la capital.
Santo Domingo: la historia viva de América
La Zona Colonial de Santo Domingo es, sin exagerar, uno de los tesoros arquitectónicos del continente y un capítulo indispensable para entender cómo empezó esta parte del mundo. Sus calles empedradas guardan la Catedral Primada de América, la más antigua del continente; la Calle Las Damas, considerada la primera vía pavimentada del Nuevo Mundo, cuyo nombre —y eso es de las cosas que a mí más me gusta contar cuando alguien me pregunta qué ver— proviene de las damas de la corte de María de Toledo, esposa de Diego Colón, que la recorrían cada tarde como una especie de ritual cortesano. A su alrededor se yerguen el Alcázar de Colón, residencia virreinal del hijo del almirante, y la Fortaleza Ozama, la construcción defensiva europea más antigua de América. Y si uno se detiene un momento en el Panteón de la Patria, originalmente un templo jesuita, se topa con los restos de los próceres dominicanos que dan contexto a una identidad nacional que se forzó entre colonialismos, ocupaciones y dictaduras.
Lo que me parece destacar —perdón, vale la pena destacar— es que toda esta zona está atravesando un proceso de restauración que abarca desde fachadas de iglesias y museos hasta viviendas de barrios tradicionales como San Antón y Santa Bárbara. Es decir que el visitante que vaya este año o el próximo se va a topar con andamios, con frentes recuperados y con edificios que reabren como museos: la experiencia cambia año a año, y eso, para quien se obsesiona con la historia como yo, es casi una invitación a volver.
La mesa, la música y la copita
Hay otra capa del viaje que ningún resort puede replicar. La gastronomía dominicana tiene dos anclas que cualquier guía me va a mencionar apenas le pregunte: el mofongo, ese puré de plátano verde machacado con ajo y chicharrón que se sirve con carnes o mariscos, y el sancocho, el guiso nacional que cada familia prepara a su manera y que en los domingos familiares funciona como verdadero acto social. A eso se suma el merengue sonando en cada esquina, en cada bar, en cada comercio, porque en República Dominicana el merengue no es un género musical: es una forma de estar en el mundo. Y para los que gustan de probar algo distinto, las fábricas de ron y los bares especializados en mamajuana —ese macerado de hierbas, miel y ron que es prácticamente la bebida emblemática de la isla— cierran la jornada con un sello bien local.
Mi recomendación, si están pensando en ir
Si están armando un viaje para los próximos meses, mi consejo es combinar dos territorios en una misma estadía: una base en la playa (tres o cuatro noches en Punta Cana si buscan comodidad full, o en Puerto Plata si prefieren Atlántico y temperaturas un poco más amables) y tres o cuatro noches en Santo Domingo o en Juan Dolio para tener acceso fácil a la capital. La clave, me parece, es no quedarse pegado al buffet. Salir una mañana a caminar la Zona Colonial con calzado cómodo y botella de agua, volver al atardecer para una cena de mofongo con vista a la Catedral, y al día siguiente tomarse el colectivo o un tour hacia los Cigarros o hacia las montañas cercanas: ahí aparece la República Dominicana que ningún brochure publicitario muestra y que, créanme, es la que uno se termina llevando puesta en la memoria. Y un dato práctico que siempre repito: llévense ropa ligera de algodón para el día, pero un abrigo liviano para las noches, porque en zonas como Puerto Plata y en la propia Santo Domingo, el viento del Atlántico o la brisa nocturna hacen bajar la sensación térmica varios grados y uno termina agradeciendo ese camperita fina que dejó en el fondo de la valija.
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