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LUN, 07 SEPT 2026
Vida

De la carpa prestada al local propio: la cocina que Ezequiel levantó con dos hornallas en Neuquén

Llegó a la capital neuquina a dedo, sin trabajo ni dónde dormir. Pasó por un refugio, vendió comida en la calle y, en dos años y medio, abrió La Fonda en el barrio Mariano Moreno.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 7 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las once de la mañana y Ezequiel Banegas está parado en la esquina de Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno, con un manojo de llaves en la mano. Mira la persiana del local que en cuestión de horas va a quedar abierta por primera vez y todavía le cuesta creer lo que tiene adelante. Acá en la isla, en Neuquén, a este pibe de Azul le pasa algo que ni en el mejor de los escenarios imaginó cuando llegó: dentro de un rato empieza a atender en su propia rotisería, La Fonda, la misma que fue armando de a poco, peso por peso, mientras dormía en una carpa prestada por un vecino que ni conocía.

Yo lo ubico a Ezequiel como uno de los tantos que aparecen por Neuquén buscando un golpe de suerte, pero él lo aclara rápido: no vino a probar suerte, vino a empezar de nuevo. Tenía 33 años cuando se subió a la ruta. Febrero del 2024, dos días a dedo desde Azul, provincia de Buenos Aires, con la ropa puesta y sin tener un techo asignado. Las primeras noches fueron en la calle, y el frío de la Patagonia no perdona. Por eso un día se sentó frente al celular y escribió en un grupo de Facebook que necesitaba una carpa para pasar las noches. Le apareció un vecino del barrio, Raúl, que se llegó hasta donde él estaba con una carpa, una almohada y un acolchado. Con eso bancó los primeros días, los más duros.

Después de eso le abrieron la puerta en un refugio de calle Belgrano al 2500, donde recibió algo más que un lugar para dormir: recibió acompañamiento. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", me cuenta hoy, ya parado del otro lado, a días de cortar la cinta de su propio local. Esa etapa le sirvió para ordenarse, pensar y empezar a buscar laburo en serio.

Del corralón a la cocina, con dos hornallas

El primer trabajo estable le llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística. Después saltó a un corralón en Cipolletti, donde arrancó como vendedor y terminó como jefe de ventas. Esa experiencia, según dice, le dejó herramientas que después usó para otra cosa que nada que ver: para cocinar. Sí, así como lo lee. Porque la cocina, para Ezequiel, siempre estuvo en el horizonte. Lo que pasó es que durante un buen rato le ganó el empleo formal, la plata segura, el sueldo a fin de mes. Hasta que se animó.

Arrancó vendiendo en el Paseo de la Costa con lo que tenía a mano: dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica. Con eso preparaba tortas fritas, chipá y bolas de fraile. Cuando la gente empezó a pedir más, fue sumando pizzas, empanadas y hamburguesas. Cada producto nuevo aparecía cuando podía invertir y, sobre todo, cuando la clientela lo pedía. Las redes lo ayudaron: arrancó con 15 seguidores en Instagram y se acercó a los mil. "Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce.

La Fonda: un año ahorrando para tener las llaves en la mano

Durante un año entero guardó plata para llegar a este momento. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", cuenta. El local que encontró le quedaba a metros de su casa, en Mitre y Correntoso, y eso terminó de cerrarlo. Lo bautizó La Fonda, un nombre que le sale del corazón y de la memoria de esos primeros días en la calle, cuando cualquier plato caliente era un acto enorme.

  • Apertura de lunes a domingo, excepto los martes.
  • Dos turnos: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30.
  • Carta con hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos.
  • Para más adelante, menú diario al mediodía.

La clientela que se fue armando con las comidas en la calle, la gente del barrio, los que probaban una torta frita y volvían a pedir: hoy son alrededor de 500 personas las que lo siguen y lo bancan. A muchos los conoce por el nombre y el barrio. Ezequiel los saluda cuando pasan por la vereda y les pregunta qué van a comer hoy. Es una forma de trabajar que para mí tiene mucho de viejo: la del que sabe a quién le cocina.

Lo que más le importa, me repite cada vez que hablamos, es que el que entre al local sienta algo. Y lo que espera, dice, es que la gente vuelva. Que La Fonda sea ese lugar de paso para el que anda con apuro y también para el que se quiere sentar tranquilo a comer un plato abundante, sin pagar una fortuna. "Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso", dice, y se queda mirando la persiana como si ya la estuviera levantando.

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Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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