Dos pececitos de la UBA que se comen el dengue: cómo una idea simple ya protege 20.000 hogares
Un equipo de la Facultad de Agronomía cría y entrega de manera gratuita dos especies nativas que devoran larvas del mosquito transmisor. La estrategia, que ya recorre escuelas y barrios, suma una herramienta biológica donde el larvicida no llega.
Acá en la isla, donde las zanjas se cortan y el agua de las piletas se queda quieta durante días, hay un vecino del barrio de Agronomía que miraba su bebedero de mascotas con una mezcla de resignación y bronca cada vez que veía larvas blancas moviéndose abajo. Se llama Jorge, tiene 62 años y me dice, mientras me muestra el tanque donde junta agua para el gallinero: "Yo le echaba lavandina, le echaba todo lo que me decían, y a la semana siguiente otra vez lleno de bichitos". Hace seis meses, Jorge dejó de echar veneno. En su lugar, nadan unos pececitos de apenas tres centímetros que se encargan del trabajo sucio.
Una herramienta que ya dio el salto de la Facultad al barrio
La historia de Jorge no es un caso aislado. La Cátedra de Acuicultura de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) trabaja desde 2022 con dos especies de peces autóctonos de agua dulce, la Cnesterodon decemmaculatus y la Jenynsia lineata, conocidas vulgarmente como madrecitas de agua. Lo que hacen estos animales es bien concreto y bien contundente: cada ejemplar adulto puede consumir hasta 100 larvas de mosquito Aedes aegypti por día, que es el vector del dengue.
Durante 2024 y 2025, el equipo distribuyó más de 20.000 ejemplares a vecinos, escuelas y organizaciones comunitarias, todos criados y entregados de forma gratuita. La iniciativa funciona en el marco del programa de extensión UBANEX y en articulación con la Cooperativa de Recicladores del Oeste (RUO), y fue declarada de interés ambiental por la Ciudad de Buenos Aires. El dato no es menor si se lo cruza con el contexto sanitario: la temporada 2023-2024 cerró en la Argentina con más de 580.000 casos confirmados de dengue y 419 fallecidos, la peor marca histórica.
“Son peces de fácil manejo y bajos requerimientos, que naturalmente están acostumbrados a vivir en ambientes reducidos. No son difíciles de criar o transportar, y la Cátedra los entrega a demanda a la comunidad.”Alejandro López, licenciado en Ciencias Ambientales y responsable del proyecto
Por qué sirven donde la fumigación no llega
- Porque aguantan piletas, estanques, bebederos y todo reservorio chico de agua estancada, esos lugares donde la gente no puede tirar larvicida o vaciar el recipiente cada semana.
- Porque son especies nativas, o sea que están adaptadas al clima del lugar y no generan un problema ambiental nuevo si escapan del recipiente.
- Porque se reproducen solos en el agua, así que el control de larvas se sostiene en el tiempo sin que el vecino tenga que estar pendiente.
- Porque el costo para la comunidad es cero: el programa los entrega de manera gratuita a quien los solicite.
- Porque reducen la cantidad de aplicaciones de sustancias químicas en zonas urbanas, algo que los mismos técnicos vienen pidiendo hace años.
La coordinadora del proyecto, Ana Paula Baldonedo, me explicó por teléfono que cualquier persona puede pedir los peces y que la entrega se coordina con cada solicitante: Las personas interesadas pueden solicitar los peces para sembrar en reservorios de agua de difícil vaciado o tratamiento químico, me dijo, y agregó que la estrategia apunta sobre todo a esos rincones del barrio donde el mosquito encuentra refugio.
López, en tanto, fue claro con el alcance de la herramienta. Esta es una opción sustentable porque reduce las aplicaciones de sustancias químicas, tiene una eficiencia alta y de largo plazo, a un costo muy bajo, sostuvo. La aclaración vale porque el método no reemplaza las medidas clásicas de prevención: descacharrado, limpieza de canaletas, repelente y consulta médica ante síntomas siguen siendo el piso de cualquier estrategia. Lo que hace este programa es sumar un control biológico del dengue donde esas medidas, por motivos prácticos, no alcanzan.
Nosotros, los que vivimos en zonas donde el agua se acumula y los fumigadores pasan de vez en cuando, sabemos bien lo que es mirar un balde y pensar que ahí adentro se está criando el próximo contagio. Por eso esta idea de la Facultad de Agronomía me parece que vale la pena difundirla: usa lo que ya tenemos en la naturaleza, lo cría una universidad pública y lo entrega sin cobrar un peso. Lo que Jorge, el vecino del principio, espera que pase de acá en adelante es simple y lo dice mirándome a los ojos mientras revisa el bebedero: que el verano que viene sus nietos puedan tomar la merienda en el patio sin que él esté pensando en larvas.
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