La chica de la aguja: cuando la maternidad se cruza con el peor costado de la posguerra
La película de Magnus von Horn, rodada en blanco y negro, rescata un caso criminal real de Copenhague para hablar de pobreza, maternidad y los límites de elegir cuando a una mujer le faltan recursos. Trine Dyrholm compone a Dagmar, la pieza clave de un relato que incomoda por su actualidad.
Yo no voy a mentirles: arranqué La chica de la aguja sin saber bien con qué me iba a encontrar, y la terminé con una sensación que todavía me dura, esa mezcla rara que se arma cuando una historia de época te termina hablando de lo que pasa hoy. Así que me copé con la idea de recomendarles esta película, porque me parece de esas que vale la pena sentarse a mirar con tiempo, en silencio, dejando que el blanco y negro te envuelva como si estuvieras adentro de esa Copenhague de posguerra.
La sala antes que la función
Antes de la función, hay que imaginarse la sala en la que uno se va a sentar. No importa si es un cine de barrio con pochoclos o el sillón de casa, lo que cuenta es el ánimo. Yo les diría que bajen un poco la luz, que se preparen un café o un vaso de algo, y que se olviden del celular. La chica de la aguja no es una película para mirar de reojo: pide entrega. El blanco y negro de Magnus von Horn no es un capricho estético, es la forma que encontró para meternos en una Copenhague de 1919 que todavía tiene olor a pólvora, a hambre y a ese frío nórdico que se te mete en los huesos. La ciudad aparece gris, con calles largas y fábricas con chimeneas que parecen no parar nunca, y cada plano va dejando claro que acá la gente no tiene tiempo para pensar si es feliz, sólo piensa en cómo llegar al día siguiente.
En ese paisaje aparece Karoline, una trabajadora joven y embarazada que no llega a fin de mes ni con imaginación. La acusan de algo en la fábrica donde cose, el padre del bebé no aparece, y la ciudad no le ofrece ninguna red de contención. La película la sigue de cerca, casi sin soltarla, mientras su mundo se va achicando. Y ahí es donde entra la propuesta que le cambia la vida.
Dagmar, la mujer que ofrecía una salida
Porque en esa Copenhague donde todo parece un callejón sin salida, Karoline se cruza con Dagmar, la personaje que Trine Dyrholm carga sobre los hombros y que, a mi entender, sostiene toda la película. Dagmar se presenta como una suerte de intermediaria, una mujer madura, refinada, que dice dedicarse a buscar familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, ese encuentro aparece casi como un regalo del destino. Le ofrece un hogar para el hijo que viene en camino y, de paso, también le ofrece un lugar donde sentirse acompañada.
Acá no quiero spoilear demasiado porque la gracia del film es justamente ir descubriendo las cosas de a poco, pero sí les digo que el vínculo entre las dos mujeres se vuelve el corazón de una historia que por momentos parece un drama social y por momentos se transforma en algo más oscuro, más perturbador. El caso criminal real que le dio origen es apenas el punto de partida: lo que a Von Horn le importa es mostrar qué le pasa a una persona cuando le faltan opciones, cuando el Estado no está, cuando la familia tampoco, y aparece alguien en la puerta ofreciendo una solución. ¿Uno acepta sin preguntar? Karoline acepta, y la película deja que el espectador vaya entendiendo por qué.
La maternidad y la pobreza, vueltas a discutir
Lo que más me dejó pensando esta película es que no es un retrato amable de la maternidad. Es un retrato crudo, casi incómodo, de lo que significaba ser mujer y estar embarazada en una Europa que todavía estaba digiriendo la Primera Guerra Mundial. No había guardería, no había licencia, no había prácticamente nada. Y la maternidad, que hoy se nos presenta muchas veces como una decisión íntima, en esa época estaba atravesada por la pobreza, el juicio social y las decisiones ajenas. Von Horn filma a Karoline sin, sinla, en su mejor traducción, sin volverla ni víctima ni heroína: la muestra tomando decisiones reales, con información real, en un contexto que no le regala nada.
Por eso me parece una película para discutir con alguien después. Tiene esa cosa de las obras que te dejan con ganas de hablar, de preguntar, de pensar si realmente cambió tanto el mundo para las mujeres que quedan atrapadas entre un embarazo no deseado y la falta de medios. Trine Dyrholm está enorme: compone a Dagmar con una amabilidad que a mí, particularmente, me generó desconfianza desde la primera escena en que aparece. Tiene gestos de abuela, tonos suaves, una manera de mirar que tranquiliza, y al mismo tiempo va dejando filtrar algo que no termina de cerrar.
Datos prácticos para ir a verla (o para esperarla en streaming)
La chica de la aguja se estrenó a nivel internacional en 2024, viene de Dinamarca, Polonia y Suecia, y cosechó premios en Cannes (el director ganó Mejor guion en la sección Un Certain Regard) y en los Premios del Cine Europeo. Como muchas películas europeas que no son tanque de Hollywood, el estreno en la Argentina suele ser lento: chequear en las cadenas de cine locales (hoyts, cinemark, atlas, los independientes de cada ciudad) el día previo porque a veces sólo se proyecta en una o dos salas y en funciones puntuales. Si están en Buenos Aires, los cines de la calle Lavalle y el complejo Gaumont suelen ser los primeros en sumarla, también el Cosmos y el Arteplex. Si están en el interior, vale la pena entrar a la página de los cines de cada ciudad o directamente llamar por teléfono. precio aproximado: entre 3500 y 7000 pesos la entrada general, con descuento para jubilados los días lunes o martes y promociones en plataformas como CINE.AR, donde muchas veces termina cayendo al poco tiempo del estreno comercial. Si van un domingo a la tarde, hayCombo 2x1 o promociones con tarjeta. Eso sí: háganme caso y no se la pierdan de entrada, porque cuando llegue a streaming la van a querer ver y no van a poder parar.
Cómo llegar: si van al centro porteño, combinación con la línea B del subte hasta la estación Uruguay o Tribunales, y desde ahí caminando unas pocas cuadras. En auto, hay estacionamiento en Lavalle al 800 y en el Paseo La Plaza. Y un consejo final:lleven pañuelos, porque La chica de la aguja no es una de esas películas a las que uno va pasándola bien. Va uno a entender un poco más cómo funcionaba (y sigue funcionando) el mundo para las mujeres que no tienen a dónde ir.
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