La grasa del abdomen que no se va ni con dieta ni con gym: qué dice la ciencia y por qué la cintura no siempre responde como esperamos
Hacer abdominales, comer menos o sumar horas de entrenamiento no garantiza que el abdomen se afine. La combinación de alimentación, movimiento y descanso, y la propia biología, terminan explicando por qué la zona media suele ser la última en responder.
Me cuenta Daniela, vecina de Tolosa, que lleva seis meses yendo al gimnasio cuatro veces por semana, que se cuida con el azúcar y que aun así se mira al espejo y no nota cambios en la panza. "Hago abdominales, camino, como más sano, y la cintura me sigue quedando igual", me dice, medio resignada, como si el esfuerzo no le alcanzara. Lo que le pasa a ella no es un capricho ni un fracaso personal: es, justamente, lo que muestra la evidencia cuando se mira de cerca.
Acá en la isla, y en cualquier ciudad donde uno se cruce con alguien entrenando o contando calorías, circula una idea muy instalada: que la grasa abdominal se va si uno se lo propone con fuerza de voluntad. La realidad fisiológica es más complicada y bastante menos voluntarista. El cuerpo no elimina grasa de una zona puntual por decisión propia; la distribución de la grasa en el abdomen depende de una combinación de genética, edad, cambios hormonales y hasta de la calidad del sueño, que es donde muchos planes se traban sin que sepamos por qué.
Por qué los abdominales no achican la panza
El abdomen acumula dos tipos de grasa que conviene diferenciar. La subcutánea está justo debajo de la piel y es la que se ve y se toca en los costados y en el frente; la visceral, en cambio, se aloja más profundo, rodeando los órganos internos, y es la que más preocupa a los especialistas por su vínculo con el riesgo cardiovascular y metabólico. Cuando alguien entrena abdominales lo que está haciendo es trabajar el músculo que está por debajo de esa grasa, no fundirla en el lugar. El músculo puede ganar tonicidad y la postura mejorar, pero eso no garantiza que la capa de grasa que lo cubre se reduzca visiblemente en esa zona.
La grasa que el cuerpo usa como energía la toma de donde le resulta más accesible, no de donde uno querría. Por eso dos personas con rutinas casi idénticas pueden terminar con resultados muy distintos en la cintura: la genética, la edad y el perfil hormonal de cada uno terminan definiendo buena parte del dibujo final.
Dormir mal también engorda la panza
Hay un dato que a mí, personalmente, me llamó mucho la atención y que me parece clave para entender por qué tantos esfuerzos no se ven reflejados en la cintura. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, siempre comparado con grupos que descansaron de manera adecuada. Dormir poco, además, desregula las señales de hambre y saciedad, lo que vuelve más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo.
Lo que mejor funciona: dieta y movimiento al mismo tiempo
Un estudio publicado en JAMA Network Open, que siguió a más de 7.000 adultos durante un promedio de 7,2 años, encontró que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física, cuando se dan en simultáneo, se asocian con una menor acumulación de grasa visceral. Quienes más avanzaron en las dos variables al mismo tiempo terminaron el seguimiento con 149 gramos menos de grasa visceral que el resto. La clave no está en una de las dos cosas por separado, sino en la articulación de ambas y en sostenerla en el tiempo.
- Alimentación de buena calidad y movimiento en simultáneo, no por separado.
- Descanso suficiente: el sueño corto favorece la acumulación de grasa visceral.
- Ejercicios localizados para fortalecer la zona media, entendiendo que no eligen de dónde sale la grasa.
- Medir el progreso por fuerza, continuidad y circunferencia de cintura, no solo por el espejo.
- Acompañamiento profesional ante cambios hormonales, metabólicos o de peso sostenido.
Lo que nos pasa a muchos, y le pasa a Daniela y a cualquiera que haya encarado un plan de los llamados anti-grasa, es que medimos todo por el espejo y nos frustramos cuando la balanza y la imagen no se mueven al ritmo que queremos. La orientación que surge de la evidencia apunta a algo menos vistoso pero más sólido: articular alimentación, movimiento y descanso de manera sostenida, con paciencia, y dejar que el cuerpo haga su parte mientras uno hace la propia. Lo que ella espera, y yo también, es que la próxima vez que se mire al espejo la lectura no sea solo de panza, sino de todo el camino que viene haciendo.
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