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LUN, 07 SEPT 2026
Tecnología

Luciano Floridi: la inteligencia artificial no entiende nada y aun así ya cambió el centro de la historia

El filósofo italiano que dirige el Centro de Ética Digital de la Universidad de Yale sostiene que la IA no piensa: actúa. Propone entenderla como agencia artificial, no como inteligencia, y advierte que frenarla no es la respuesta. La clave, dice, es integrarla con criterio y sin perder el juicio propio.

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Martín NaguilAntártida y ciencia · 6 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

La frase sale con tono sereno, sin grandilocuencia, pero tiene filo: la inteligencia artificial no es inteligencia. Luciano Floridi, filósofo italiano, fundador de la filosofía de la información en los años noventa y director del Digital Ethics Center de la Universidad de Yale, repite la idea cada vez que puede porque entiende que, sin esa distinción, todo el debate público sobre la tecnología empieza torcido. Actúa, se comporta, produce efectos. No comprende nada.

Para Floridi, lo que existe hoy no es una mente artificial sino agencia artificial: sistemas que hacen cosas por nosotros, en lugar de nosotros, y a veces mejor que nosotros. La diferencia es central. Si la IA fuera inteligente, la discusión de fondo sería si puede superarnos. Como no lo es, el problema cambia de eje: la pregunta pasa a ser cómo se la usa sin perder el rumbo. Es un debate sobre diseño, instituciones y criterio humano, no sobre si las máquinas piensan.

La cuarta revolución, después de Copérnico, Darwin y Freud

Floridi ubica el presente como la cuarta gran revolución intelectual de la humanidad. La primera fue Copérnico, que corrió a la Tierra del centro del universo. La segunda fue Darwin, que sacó a la especie humana del centro del reino animal. La tercera fue Freud, que mostró que ni siquiera somos dueños plenos de nuestra propia mente. La cuarta, dice, lleva la firma de Alan Turing: ya no somos el centro de la esfera de la información.

Esa mudanza no es una derrota ni una queja. Para Floridi, es una señal de madurez. Una humanidad que deja de creerse protagonista absoluta del universo es una humanidad capaz de pensarse al servicio de su prójimo, del medio ambiente y de las generaciones futuras. El centro no lo ocupa la tecnología: lo ocupa una idea de convivencia más adulta. Es un giro copernicano aplicado a la cultura digital: como cuando uno deja de mirar la cocina como el centro de la casa y se da cuenta de que la casa funciona mejor si la cocina está al servicio del resto.

El andamiaje conceptual que Floridi ofrece para procesar este cambio lleva décadas de construcción. A fines de los años noventa, cuando la mayoría de las disciplinas usaban la información como herramienta sin estudiarla como objeto, fundó la filosofía de la información. Desde ese campo pensó la infosfera, el entorno digital donde la humanidad pasó a vivir, y acuñó la figura del inforg, el organismo informacional: un ser que no solo consume y produce información, sino que está constituido por ella. Es la lente con la que lee la irrupción de la IA.

Qué mirar cuando se lee, se escucha o se usa IA

De acuerdo con el planteo de Floridi, hay cinco puntos que conviene tener a mano para no confundir la herramienta con el mago que la opera:

  • Si el sistema explica el porqué de lo que entrega o solo entrega un resultado: la primera señal de que hay agencia artificial, no razonamiento.
  • Quién entrenó el modelo y con qué datos: la cocina del plato importa tanto como el plato mismo; cambiar de cocinero cambia el sabor.
  • Qué efecto real produce la herramienta en el trabajo, la salud o la vida cotidiana, más allá de la que haga el fabricante.
  • Si hay una persona humana firmando la decisión final: la IA puede sugerir, pero el juicio no se delega.
  • Qué organismo regulatorio o institucional supervisa el uso: sin control externo, la Agencia artificial corre más rápido que la conversación pública.

Un caso reciente ilustra el punto. La millonaria multa que Meta pagó en Estados Unidos, aunque el material disponible no precisa el monto ni los cargos, muestra que la agencia artificial tiene consecuencias jurídicas concretas: las plataformas pueden ser sancionadas por el modo en que sus sistemas afectan a los usuarios. Para Floridi, este tipo de episodios confirma que la respuesta no es detener la tecnología, sino integrarla con inteligencia, con pensamiento crítico y con reglas claras.

Lo que todavía no se sabe es cómo se sostendrá ese andamiaje institucional cuando los sistemas de IA se vuelvan más opacos, más rápidos y más presentes en la vida cotidiana. Floridi no promete soluciones mágicas. Propone, en cambio, una de la prudencia: usar la herramienta sin ceder la pregunta, entender qué es antes de decidir para qué sirve, y recordar que cada revolución intelectual dejó a la humanidad un poco más modesta y, por eso mismo, un poco más capaz de convivir.

MN
Martín NaguilAntártida y ciencia

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