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MAR, 08 SEPT 2026
Vida

Aftas que no dan tregua: por qué aparecen y cuándo conviene dejar de hacerse el desentendido

Las úlceras bucales son moneda corriente y casi siempre pasan solas, pero hay pistas que separan una molestia pasajera de algo que necesita estudio. Una recorrida por los desencadenantes más comunes, las señales de alarma y los nutrientes que suelen quedar en falta.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 8 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Me topo con Daniela, laburando desde hace más de veinte años en la cocina de un comedor comunitario del barrio de Villa Soldati, mientras se toca el interior del labio con cara de fastidio. Hace tres semanas que tiene una lastimadura ahí, la misma que aparece y desaparece, que arde cada vez que muerde un pedazo de pan o toma el mate bien caliente. Acá en la isla, donde el consultorio queda lejos y la costumbre es aguantar, Daniela ya escuchó de todo: que es estrés, que es anemia, que es el cambio de estación. Pero nadie le explicó, todavía, cuándo conviene tomárselo en serio.

Las aftas, esas llagas pequeñas que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo o encima de la lengua, en las encías, el paladar blando o el interior de los labios, son mucho más comunes de lo que parece. Suelen mostrar un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde rojizo, y muchas veces avisan con ardor u hormigueo antes de asomar. Un dato clave que vale la pena repetir: no son herpes, no salen en la parte externa de los labios y no se contagian.

Cómo son, por qué vienen y por qué a veces se quedan

Las más frecuentes son las llamadas menores: chiquitas, redondas, dolorosas, que curan solas entre siete y catorce días y no dejan marca. Después está la variante mayor, menos habitual pero más profunda, que puede tardar hasta seis semanas en cerrar y dejar cicatriz. Y existe una tercera forma, herpetiforme, formada por muchas ulceritas diminutas que se agrupan, que es la que más asusta porque parece otra cosa.

  • Traumatismos en la boca: morderse la mejilla, cepillarse con demasiada fuerza, el roce de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal puesta, una quemadura con comida caliente.
  • Estrés, cansancio y cambios hormonales asociados a la menstruación o al embarazo, que aparecen una y otra vez en el consultorio como disparadores clásicos.
  • Déficits nutricionales: falta de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D. Un metaanálisis de 2024 publicado en BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes suelen tener bajos niveles de vitamina B12, ferritina y hemoglobina, aunque los propios autores aclaran que asociación no es causalidad.

Cuando las lesiones son muchas, reaparecen seguido o se hacen crónicas, la explicación puede estar en una enfermedad de base. Entre las más vinculadas están la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o por hongos y cuadros de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. Por eso el cuadro deja de ser un tema de boca y pasa a ser un tema de clínica.

Señales de alerta: lo que no conviene subestimar

"Yo pensé que era el mate y me terminé haciendo estudios de sangre", me cuenta Daniela mientras revuelve una olla. Como ella, muchos llegan tarde al diagnóstico porque naturalizan lo que les pasa. Hay marcas concretas para distinguir cuándo una afta deja de ser una molestia menor: si la llaga supera las dos o tres semanas sin cicatrizar, si crece de manera inhabitual, si aparece junto con fiebre, decaimiento fuerte, lesiones en otras partes del cuerpo o dificultad para comer o hablar, la consulta con un profesional no puede esperar.

También conviene prestarle atención a la frecuencia: si se repiten más de tres o cuatro veces al año, si aparecen varias a la vez o si vienen acompañadas de síntomas digestivos, manchas en la piel o inflamación en articulaciones, el cuadro deja de ser local y puede estar pidiendo un estudio más profundo. En esos casos, el camino suele incluir un análisis de sangre para descartar anemia, déficit vitamínicos o marcadores de enfermedades autoinmunes, y eventualmente una derivación al especialista que corresponda.

Lo que Daniela espera, lo que esperamos muchos cuando aparece una lastimadura así, es que se vaya sola y no vuelva. A veces se va. Pero si insiste, si cambia de tamaño o si llega acompañada de otros avisos, ignorarla es el peor consejo. Una boca que avisa también merece ser escuchada.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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