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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

Cuando el cuarto deja de ser un refugio y se vuelve un set: cómo las redes reordenaron la intimidad adolescente

Paredes neutras, camas prolijas y luces pensadas para cámara. La habitación que antes era laboratorio de identidad mutó en escenario. Especialistas y trabajadores sociales miran con preocupación un cambio que achica el margen para equivocarse a solas.

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Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Acá en la isla, cuando uno entra a cualquier casa y se cruza con la pieza de un pibe o una piba de entre trece y diecinueve, ya sabe lo que va a encontrar. No lo que debería ser, sino lo que efectivamente es. Y lo que es, cada vez más, se parece a un departamento modelo: paredes lisas, cama tendida con una prolijidad casi quirúrgica, una tira de luces cálidas cruzando el techo como si el interruptor sirviera menos para leer que para filmar. Yo lo veo y me queda dando vueltas una sensación rara, mezcla de ternura y de pena, porque me acuerdo de cómo eran las nuestras hace veinte o treinta años, que eran un caos hermoso, un museo de nosotros mismos, y pienso en todo lo que esos cuartos ya no son.

Del refugio caótico al decorado

Lo que antes era un refugio desordenado, con pósteres pegados con cinta, ropa viva sobre la silla, libros apilados en el piso y el diario íntimo bien escondido entre el colchón y el sommier, se fue apagando como esos mismos posters con el sol. En su lugar aparecen superficies neutras, tonos crema, gris cálido, beige, muy del feed de Pinterest. La personalización se mudó de las paredes al celu. Lo que se cuelga ya no es una foto o un recorte, sino un reel de quince segundos. La persona no decora su cuarto: lo prepara para que otros lo miren.

El sociólogo Erving Goffman, hace ya varias décadas, escribió una distinción que a mí me sirve mucho para entender esto. Para él la vida social es un teatro dividido en dos: el frente de escena, donde sostenemos una imagen pública más o menos cuidada, y la trastienda, el espacio privado donde uno descansa del personaje, prueba identidades y se equivoca sin público. La pieza del adolescente venía cumpliendo, durante generaciones, ese segundo papel. La puerta cerrada era un pacto tácito: acá adentro no me juzguen. Hoy ese pacto está roto.

“La escritora Sithara Ranasinghe describe el fenómeno como una habitación con paredes de cristal: el límite entre el escenario y la intimidad se disuelve bajo la mirada constante de una audiencia que, en muchos casos, ni siquiera conocemos.”Sithara Ranasinghe, citada en el material

Hay un detalle que a mí me parece lo más fuerte de todo esto y sobre el que vale la pena detenerse un momento. La cámara no necesita estar prendida para que el efecto actúe. Basta con saber que puede estarlo. Esa conciencia muda, que en psicología a veces se llama el efecto panóptico del celular, modifica la conducta desde adentro: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia una especie de estandarización silenciosa. El que ordena ya no es la madre que pasa y acomoda, ni el padre que pega el cartel de los estudios. Es una audiencia invisible e internalizada, hecha de desconocidos que quizá nunca pasen por la puerta.

Lo que se pierde cuando la habitación deja de ser laboratorio

  • El margen para equivocarse a solas, clave en cualquier proceso de construcción identitaria.
  • El desorden creativo, que muchas veces es la antesala de proyectos, lecturas y descubrimientos.
  • El diario íntimo y los objetos con valor sentimental, reemplazados por archivos digitales editables.
  • La frontera nítida entre lo privado y lo público, que ayuda a aprender a dosificar qué mostramos de nosotros mismos.
  • La posibilidad de cambiar de parecer sin que quede registro, algo central en la adolescencia.

Conversando hace unos días con Marta, que trabaja en orientación escolar en un colegio del barrio de Palermo, me decía algo que me quedó resonando. 'Antes entrabas a la pieza de un adolescente y entendías su mundo. Hoy entrás y entendés su estrategia de marketing.' Lo dijo riéndose, pero no tanto. Para ella el punto no es lo decorativo, sino lo pedagógico: si el espacio íntimo se convierte en un set permanente, ¿dónde ensaya el pibe sus versiones de sí mismo antes de salir al mundo? ¿Dónde prueba la ropa que después no se anima a usar? ¿Dónde graba y borra, grita y se arrepiente, escucha la música que le da vergüenza que le guste?

La adolescencia siempre fue un umbral movedizo, un pasillo largo donde el error no es un accidente sino un método. Si ese margen se angosta porque cada pared puede ser filmada y compartida, lo que se compromete no es la estética de una pieza: es el derecho de cualquier pibe y cualquier piba a crecer en off, lejos de la mirada ajena. Desde Sociedad y vida vamos a seguir mirando este fenómeno con atención, porque nos toca a todos como comunidad, y porque lo que esperamos, en definitiva, es que cada adolescente pueda volver a tener un cuarto que sea, antes que nada, suyo.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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