Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa por años
Guardar un agravio sin procesarlo no es solo un peso emocional: el cuerpo lo trata como si la amenaza siguiera presente y empieza a acumular respuestas que, con el tiempo, pasan factura. Presión alta, insomnio, inflamación y fatiga son algunas de las marcas que deja el rencor cuando deja de ser una reacción pasajera y se vuelve un estado permanente.
Acá en la isla, donde las distancias son chicas y las palabras corren más rápido que el viento, uno escucha seguido eso de "no se lo voy a perdonar nunca". Lo dice Ester, vecina del barrio El Calafate, mientras acomoda bolsas en el kiosco de la esquina: "A mí me quedó una espina clavada con una compañera de trabajo hace más de quince años, y cada vez que me acuerdo se me tensan los hombros". Esa espina, que muchos arrastran como si fuera un trofeo, tiene un costo que rara vez se nombra: el cuerpo la registra como si la ofensa siguiera ocurriendo hoy, ahora, en este mismo momento.
Por qué no es lo mismo que un enojo pasajero
La bronca puntual aparece con fuerza y se va. El rencor, en cambio, implica volver mentalmente sobre lo que nos hicieron una y otra vez, con una intensidad que no cede con el tiempo. Puede durar años, décadas, y su origen es tan variado como las historias de cada uno: una traición, una injusticia laboral, una ruptura, un conflicto familiar que nunca se cerró. El punto es que el cerebro no archiva ese recuerdo como algo terminado: lo mantiene activo, y el organismo responde como si la amenaza siguiera frente a nosotros.
Las respuestas que se acumulan en el cuerpo
- Sistema cardiovascular: la presión arterial sube de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el cuerpo sigue en modo alerta. Con el tiempo, eso aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
- Hormonas y metabolismo: el cortisol, la hormona del estrés, queda elevado más tiempo del que debería. Eso altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a trastornos metabólicos.
- Defensas bajas: con el sistema inmunológico sobreexigido, las defensas frente a infecciones caen y aparece la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso vinculado a enfermedades crónicas de todo tipo.
- Músculos y digestión: el cuello, la mandíbula y la espalda se endurecen sin motivo aparente, lo que explica cefaleas tensionales sin causa médica clara. El eje intestino-cerebro, tan sensible al estado emocional, también se resiente.
La fatiga que arrastran quienes cargan un rencor viejo tampoco se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve. Cuando esa respuesta se cronifica, el organismo termina pagando una factura que no presupuestó.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología
El especialista aclara que no hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad puntual, pero sí para afirmar que mantiene encendidos mecanismos perjudiciales durante mucho tiempo. En la práctica, lo que vemos es un cuerpo que no descansa, que no se relaja, que vive en alerta permanente aunque afuera no esté pasando nada. Y nosotros, que en algún momento juramos que no íbamos a perdonar, terminamos sosteniendo algo que nos pesa más a nosotros que a quien nos ofendió.
Ester, mientras cierra la persiana del kiosco, se queda pensando y dice que lo que más le gustaría es poder soltar esa espina de una vez, aunque sabe que no depende solo de decidirlo. Como le pasa a tanta gente, espera que el tiempo le vaya ablandando el recuerdo, o que aparezca algo -una conversación, un cierre, una mirada distinta- que le permita por fin sacarse ese peso de encima. Porque una cosa es no olvidar, y otra muy distinta es que el cuerpo siga reaccionando, año tras año, como si la ofensa fuera de ayer.
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