La casa Guinness: la nueva serie de Netflix que revive el pulso de un imperio irlandés
El creador de Peaky Blinders vuelve a poner el ojo sobre una dinastía real: la de los Guinness, que en 1868 quedó a merced de sus propias peleas internas. Ocho episodios, un elenco joven y un Dublín que arde por debajo de la espuma.
Hay una frase que le escuché una vez a un dramaturgo irlandés, en una mesa larga de un pub de Buenos Aires, y que me quedó dando vueltas mientras armaba esta nota: "En Irlanda, la cerveza se discute como si fuera política y la política se discute como si fuera cerveza". Cuando uno se sumerge en La casa Guinness, esa sentencia deja de ser un chiste y pasa a ser casi el lema no oficial de la serie. Porque la nueva apuesta de Netflix no se limita a reconstruir el nacimiento de la cerveza más famosa del mundo, sino que se mete de lleno en la cocina, literal y figurada, de la familia que la inventó.
Antes de hablar de la ficción, vale la pena detenerse un segundo en la sala donde la vamos a mirar. Porque La casa Guinness no se ve en cualquier pantalla: pide un sillón cómodo, un par de horas sin teléfono y, si se puede, una pinta a mano. Es una serie densa, de las que se entregan en bloques, con esa cadencia pausada que tienen las producciones británicas e irlandesas cuando se toman en serio a sus muertos. La dirige en espíritu Steven Knight, el mismo que convirtió a los Shelby de Peaky Blinders en un fenómeno global, y se nota: hay una puesta en escena lujosa, con interiores oscuros, velas, humo y una Dublín de 1868 que parece salida de un daguerrotipo.
Dublin, 1868: cuando muere el patriarca
El punto de partida es Dublín, 1868. Benjamín Lee Guinness, el gran artífice del imperio cervecero, muere y deja a sus cuatro hijos a cargo de una herencia que vale más que muchas coronas europeas. Lo que podría haber sido una sucesión ordenada se transforma, capítulo a capítulo, en una pulseada silenciosa y muchas veces brutal entre Arthur, Edward, Anne y el menor de los hermanos, cada uno con sus propias deudas, sus amores prohibidos y sus cuentas pendientes con el apellido. La serie arranca ahí, en ese instante en que una familia descubre que el dinero, lejos de unirla, le pone nombre y apellido a todas las grietas que ya tenía.
Lo que más me atrapó, y creo que a los lectores de cuarenta para arriba también les va a pasar, es que La casa Guinness no se queda en el adentro de la mansión. La serie tiene la inteligencia de abrir las ventanas y mostrar lo que pasa en la calle: una Dublín convulsionada, con sus tabernas llenas, sus barrios obreros que viven hacinados y una clase alta que se codea con la política británica mientras el nacionalismo irlandés empieza a levantar la voz. Esa tensión entre el lujo de los Guinness y la pobreza que los rodea es, para mí, el motor real de la historia. La cerveza es el pretexto; el poder, el verdadero tema.
- Anthony Boyle como Arthur Guinness, el hijo mayor que carga con el peso del legado y con las dudas de no saber si quiere ese trono.
- Luis Partridge como Edward Guinness, el más idealista y, tal vez por eso, el más expuesto de los hermanos.
- Emily Fairn como Olivia Cochrane, una joven de la alta sociedad que se cruza en el camino de los herederos y desordena más de lo que ordena.
- Fionn O'Shea, Jack Gleeson, Niamh McCormack, Danielle Galligan y Ann Skelly completan un elenco que sostiene la trama sin brillos individuales pero con mucha solidez.
Steven Knight vuelve a hacer lo que mejor sabe: mezclar épica con intimidad, violencia con humor negro, y dejar que los personajes se debatan entre lo que sienten y lo que les conviene. Acá no hay grandes batallas, pero hay duelos verbales que cortan más que un sable, y hay escenas familiares que duelen porque se parecen demasiado a las de cualquier casa con plata y demasiados secretos. Yo lo miro y pienso en muchas familias argentinas que conozco, donde la herencia no es solo un trámite legal sino un campo de batalla afectivo.
Cuándo, cómo y dónde verla
La serie ya está disponible completa en Netflix, con sus ocho episodios, y se puede maratonear sin culpa un domingo de lluvia. No necesita conocimientos previos sobre la marca Guinness ni sobre la historia irlandesa: arranca desde el día después del funeral y va soltando la información de a poco, como quien destapa una botella con cuidado. Ideal para verla en familia, para discutirla en grupo de WhatsApp o, mejor todavía, para ir comentándola capítulo a capítulo como se hacía antes con las novelas.
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