La infancia que grita en silencio: cuando pedir ayuda se vuelve una carrera de obstáculos
Niños y adolescentes llegan a escuelas, guardias y consultorios con marcas visibles y heridas invisibles. Los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la respuesta llega tarde, tarde, tarde.
Son las diez de la mañana y en la sala de espera de un consultorio de salud mental infantil de la ciudad de Buenos Aires hay tres familias con sus hijos. Una nena de nueve años se muerde las uñas sin parar mientras su mamá le pasa la mano por la cabeza. Un chico de trece mira el piso con los auriculares puestos y la capucha levantada. Una adolescente de quince abraza un cartón con estudios clínicos como quien se aferra a lo único que la sostiene. Las recepcionistas atienden por teléfono, piden disculpas, dicen que no hay turnos hasta dentro de dos meses. Esa escena, que se repite acá en la isla grande de Tierra del Fuego y en cada rincón del país, es el retrato de una crisis que ya nadie puede mirar para otro lado: la salud mental de nuestras chicas, chicos y adolescentes está en emergencia y el sistema de respuestas llega tarde, tarde, tarde.
En los consultorios, las guardias hospitalarias y las aulas se repite un patrón que los profesionales reconocen de memoria. Chicos que no pueden dormir o que se duermen rendidos de puro agotamiento. Chicos que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, como si el hambre y la saciedad fueran dos interruptores que no logran regular. Chicos que se aíslan, que se lastiman los brazos o las piernas con elementos cortantes, que escriben en cuadernos cosas que asustan, que expresan con una crudeza aterradora que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y ese retraso tiene consecuencias que se miden en cuerpos rotos y en infancias que se pierden antes de tiempo.
Violencia, pantallas y aprendizaje: las tres marcas que se acumulan
La violencia ocupa un lugar central en este cuadro clínico. Las estimaciones de UNICEF son contundentes y deberían caer como un balde de agua fría: una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años, y entre los varones la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada durante años porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida adulta. A esa violencia sexual se suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones que se repiten en los hogares y que pocas veces quedan registradas en algún expediente oficial, como si lo que no se escribe en un formulario no existiera.
Las plataformas digitales le agregaron una capa nueva a un escenario que ya estaba complicado. Nuestros pibes y pibas quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo como si fueran algo normal y hasta divertido. Según datos recientes de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que no distingue entre clases sociales ni entre provincias. El uso intensivo de pantallas dejó de ser un hábito generacional para convertirse, en muchísimos casos, en un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, en un analgésico digital para dolores que nadie se ocupa de nombrar.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este rompecabezas que cuesta armar. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención sostenida, confianza básica y capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, en esquivar la violencia o en tramitar el abandono. No se puede pedirle a un pibe que rinda en un examen de álgebra si a las tres de la madrugada estaba despierto escuchando los gritos de sus padres.
Cuando la ayuda llega tarde y en pedazos
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con un sistema que le devuelve la pelota una y otra vez. Servicios saturados, falta de profesionales especializados, turnos que se otorgan para dentro de meses y que en el mientras tanto se caen, obras sociales que responden con tecnicismos cuando no directamente con silencio. La atención suele llegar fragmentada en mil pedazos que no se conectan entre sí: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma agudo, la justicia recibe la infracción o la denuncia, y el chico, en el medio de todo ese circuito, puede perderse como persona dentro de una maraña de informes, interconsultas e intervenciones que no dialogan entre sí.
- Falta de profesionales especializados en salud mental infantil en el sistema público y en muchas obras sociales privadas.
- Tiempos de espera prolongados que convierten una señal temprana en una urgencia consumada.
- Fragmentación entre los sistemas de salud, educación y justicia, que no comparten información ni criterios.
- Escasa formación docente para detectar y acompañar problemáticas de salud mental en las aulas.
- Ausencia de dispositivos intermedios entre la guardia hospitalaria y el consultorio ambulatorio, como centros de día o dispositivos comunitarios.
- Dificultad de las familias más pobres para acceder a tratamientos prolongados por costos de traslado y de medicación.
Los equipos de salud mental infantil vienen denunciando esta situación desde hace tiempo y muchos lo hacen con la voz quebrada de quien sabe que el sistema no da más. Una profesional del Hospital Garrahan lo resumió con una frase que se repite en pasillos y asambleas: recibimos pibes que llegaron a la guardia con intentos de suicidio serios y después los tenemos que devolver a sus casas porque no tenemos camas ni seguimiento para ofrecerles. En los barrios más humildes del conurbano bonaerense y del interior profundo, el panorama es todavía más crudo porque ni siquiera existe la opción de un hospital de alta complejidad a pocas cuadras. Ahí la salud mental se atiende como se puede, con lo que hay, y muchas veces directamente no se atiende.
“Acá en la isla lo vemos todos los días: pibes que llegan a la escuela con marcas en los brazos, nenas que se desmayan porque no desayunan, gurises que se quedan dormidos en el aula porque en la casa no hay quien los cuide. Nosotros hacemos lo que podemos con mate y con teléfono, pero no somos psicólogos ni asistentes sociales, somos docentes, y nos estamos quemando.”Mariana, docente de primaria de Río Grande
Yo cubrí esta nota durante varias semanas y lo que más me golpeó fue la cantidad de veces que escuché la misma palabra: solos. Los pibes se sienten solos, las familias se sienten solas, los profesionales se sienten solos dentro de equipos que no alcanzan. Lo que empezó como un problema de unos pocos consultorios terminó de convertirse en lo que hoy ya nadie discute: una crisis de salud mental infantil que atraviesa todas las clases sociales, todas las provincias y todas las edades, y que nos obliga como sociedad a dejar de mirar para otro lado y a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer de verdad para que estos chicos y chicas tengan la contención que necesitan hoy, mañana y durante los próximos años. Porque detrás de cada estadística hay un nombre, una historia y una espera que muchas veces se paga con la vida, y eso es algo que ninguno de nosotros puede seguir permitiendo.
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