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JUE, 27 AGO 2026
Vida

Poner límites no es apretar a los hijos: es acompañarlos a crecer sin que se les venga el mundo abajo encima

Cuando el diálogo reemplaza al grito pero también al "no", los chicos quedan a la deriva. Dos psicólogas consultadas por este portal explican por qué sostener un límite con afecto es una forma de cuidado, y qué pasa en las familias que, por evitar el berrinche, terminan dejando a los niños sin herramientas para tolerar la frustración.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min
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Acá en la isla, en la sala de espera de un consultorio del barrio de San Telmo, Marta, mamá de Tomi, de cinco años, me cuenta que está agotada. Dice que leyó todos los libros, que vio todos los videos, que se juró a sí misma que iba a criar a su hijo sin gritar, sin pegarle, sin repetir los patrones de su propia infancia. Y sin embargo, ayer a la noche, después de dos horas intentando que Tomi se pusiera los zapatos para ir a la plaza, terminó cediendo: lo dejó en ojotas y salieron igual. "Me sentí una traidora", me dice, mientras mira al nene que ahora corre por el pasillo. Lo que Marta no termina de ver es que el problema no fue gritar o no gritar: fue no poder sostener el límite hasta el final. A esa misma cuestión, la del límite como herramienta de cuidado y no como gesto autoritario, se refieren dos especialistas en crianza que consulté para esta nota, y a sus respuestas vamos.

El permiso constante también es una forma de desprotección

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en familia y cosas que directamente no se negocian. La confusión, según explica, suele empezar cuando los adultos le tienen tanto miedo al conflicto que prefieren mover el límite antes que bancarse un berrinche. Y ese corrimiento, dice, termina siendo más dañino que el propio berrinche. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala.

“El respeto a un chico o a un adolescente no está en dejarlo hacer lo que quiera, sino en el buen trato. La autoridad no es abuso de poder; el autoritarismo sí lo es.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

La colega Deborah Bellota, psicóloga clínica especializada en niños y adolescentes, coincide desde otro ángulo. Describe a esos padres que son muy cariñosos, que abrazan mucho, que evitan cualquier situación de tensión, pero que al mismo tiempo no pueden decir "no". "Por miedo a que el hijo se enoje con ellos", precisa. Esa forma de crianza, advierte, puede hacer que el chico crezca con buena autoestima porque se siente querido, pero al mismo tiempo quede sin herramientas para autorregularse, con muy poca tolerancia a la frustración y con enormes dificultades para aceptar cualquier figura de autoridad fuera de la casa.

  • Autoritario: reglas rígidas, poca escucha, vínculos verticales. Predomina el control por sobre el diálogo.
  • Permisivo: mucho afecto y muy pocos límites. Se prioriza evitar el conflicto antes que sostener la norma.
  • Democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Es el que la mayoría de los especialistas señala como punto de equilibrio.

Esa clasificación la describió en los años sesenta la psicóloga Diana Baumrind, y sigue siendo una de las referencias más citadas a la hora de pensar cómo criamos. Lo que ambas especialistas remarcan es que el estilo democrático no significa debilidad: significa presencia. Es la diferencia entre un padre que dice "porque yo lo digo y se calla" y un padre que dice "esta es la regla, y te explico por qué, aunque te enojes".

Raschkovan insiste en una idea que a muchos padres los descoloca: las pequeñas frustraciones de todos los días no son un castigo, son un entrenamiento. Hay que dejar de jugar para ir a dormir, no se puede vivir a golosinas, hay que cruzar la calle de la mano aunque el nene quiera salir corriendo. "Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración", afirma. Y agrega algo clave: esa capacidad no aparece sola, se aprende. Si un chico no experimenta el "no" adentro de un entorno seguro, difícilmente pueda procesar situaciones difíciles afuera.

Bellota, por su parte, aclara que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". Después de ese "no" viene la parte más importante: sostener la decisión con presencia, explicar con palabras acordes a la edad lo que se decidió, validar el enojo del chico si lo hay y, sobre todo, no volver sobre el propio paso a los cinco minutos. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es, en buena medida, lo que va a permitir que ese límite se interiorice y termine funcionando como una guía y no como una imposición.

Ahora, antes de cerrar, vuelvo a Marta. Mientras Tomi revuelve los juguetes de la sala de espera, ella me pregunta qué se puede hacer cuando ya cedió, cuando ya movió el límite, cuando siente que perdió la batalla. Le digo lo que aprendí mientras escribía esta nota: que volver a empezar no requiere pedir perdón por todo, sino retomar el próximo límite con la misma firmeza con la que uno lo sostuvo la vez anterior. Lo que Tomi necesita no es una madre perfecta, sino una madre presente. Y eso, que es lo más difícil del mundo, también es lo más parecido al cuidado. Nosotros, los adultos que criamos, vamos a seguir equivocándonos. Lo que no podemos es abandonar la tarea de sostener, con afecto y sin violencia, las pequeñas normas que terminan siendo el andamiaje emocional de los chicos. Eso es lo que, en el fondo, todos esperamos que pase.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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