Una madre, un padre y un hijo que debaten sobre adjetivos mientras les explota la vida por dentro
Andrea Garrote vuelve a las tablas con "Amaru", una comedia en la que una familia de palabras filosas y silencios cómodos ve cómo una joven con nombre de serpiente sagrada les desarma la rutina. Cuatro actores, ochenta minutos y un Teatro Picadero que vuelve a abrirle las puertas a un texto que se ríe de lo que más cuesta decir.
Las familias que más hablan son, a veces, las que menos se dicen. Esa idea, que uno arrastra desde alguna sobremesa larga o desde alguna discusión que empezó con un adjetivo mal puesto y terminó con la puerta de un cuarto cerrada de un portazo, es la que pone en escena Andrea Garrote en "Amaru", la comedia que se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, en pleno corazón del centro porteño, en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857. Ochenta minutos que se pasan volando y que dejan pensando bastante más de lo que uno esperaba cuando se sentó en la butaca.
Antes de que arranque la función, conviene mirar la sala. El Picadero es un teatro de esos que todavía conservan la madera oscura, las butacas de tapizado rojo y esa acústica un poco íntima que obliga a bajar la voz entre desconocidos. No es un espacio enorme, y eso, ya de entrada, prepara el cuerpo para algo cercano. La puesta, además, trabaja con una escenografía minimalista a cargo de Santiago Badillo que organiza el espacio en niveles, como si la propia arquitectura del living familiar fuera una manera de mostrar quién manda y quién se calla en esa casa.
Amaru: la novia que sin querer desarma todo
La historia arranca con un envío. Lucas, el hijo, trae a cenar a Amaru, su novia. Amaru significa serpiente sagrada en quechua, y la elección del nombre no es casual: la chica se mueve por la casa como algo que estaba dormido y de golpe empieza a desplazarse. No viene a provocar nada, pero lo provoca todo: propone pactos sobre el uso de pantallas, tiene una relación con el tiempo que no es la de esa familia y, sobre todo, trae consigo un contacto afectivo que en esa casa nunca había tenido lugar. La madre desconfía, el padre cae bajo su influencia y el hijo observa cómo su mundo doméstico se transforma desde adentro.
Lo que me parece más interesante, y lo que me dejó charlando con amigos después de la función, es que la obra no se inclina nunca hacia el drama clásico. Es comedia, y lo es a pleno: humor sostenido, carcajada, incomodidad reconocible. Pero en el tramo final se permite meter un elemento fantástico que no rompe el tono, sino que lo corona. Sin spoilear demasiado, ese giro deja al público con una sonrisa y con una pregunta dando vueltas.
Cuatro intérpretes que se la bancan
Andrea Garrote firma el texto y comparte la dirección con Carolina Stegmayer, pero además se sube a escena como Mariel, la madre. La composición es de esas que parecen un reloj: cada gesto, cada pausa, cada cambio de tema para esquivar lo importante está medido al milímetro, y sin embargo la emoción aparece sin que se la busque. Es un trabajo cómico con fondo, y eso es de las cosas más difíciles de lograr en escena.
Marcos Ferrante compone al padre en plena crisis de mediana edad, con una verborragia que encubre una fragilidad que se va notando a medida que avanza la obra. Julián Cnochaert, como Lucas, alterna el humor con una ternura casi imperceptible, de esas que se ven más en los silencios que en las palabras. Y Fiamma Carranza Macchi se banca el peso de darle cuerpo a Amaru con una presencia que genera tanto encanto como inquietud, que es justamente lo que necesita el personaje para funcionar.
Después de la función me fui caminando hasta el subte pensando en esa pregunta que la propia obra parece hacerte mientras la mirás: qué tan reconocible te resulta esa dinámica familiar donde las palabras tapan lo que no se puede decir. La respuesta, al menos en mi caso, fue bastante incómoda. Y eso, tratándose de una comedia, es de lo mejor que puede pasar.
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