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MAR, 15 SEPT 2026
Vida

Caminar entre árboles, sin prisa y sin teléfono: una receta japonesa contra el estrés que también se puede probar acá en la isla

El shinrin-yoku nació en Japón hace más de cuatro décadas como respuesta al agotamiento de una sociedad hiperconectada. Qué dice la ciencia sobre sus efectos y cómo sumarlo a la rutina aunque no haya un bosque a la vuelta de la esquina.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Me encontré con Marisol, vecina del barrio Las Toninas, un sábado a la mañana en la plaza del centro. Estaba sentada en un banco, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Le pregunté qué hacía y me dijo, casi en un susurro: «Estoy tratando de no pensar en nada, de escuchar los pájaros y de no mirar el teléfono». Me contó que hacía unas semanas había leído algo sobre el baño de bosque y que, aunque no tenía un bosque cerca, intentaba copiar la idea en el único lugar con árboles que tenía a mano. «No sé si funciona», me dijo, «pero vengo acá, me siento media hora y vuelvo a casa con la cabeza otra».

Una idea vieja con nombre japonés

El shinrin-yoku, que en español podría traducirse como baño de bosque, no nació como una moda ni como una técnica de autoayuda. Apareció en 1982, en un Japón que estaba en plena transformación industrial y urbana y donde el estrés laboral crónico ya se había vuelto un problema de salud pública. Frente a eso, el gobierno de ese país buscó una estrategia simple para que la población recuperara el contacto con los espacios naturales. La propuesta era tan sencilla como suena: caminar despacio por un entorno forestal, sin cronómetro, sin objetivo deportivo, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más.

Con el paso de las décadas, distintos equipos de investigación se pusieron a estudiar qué pasaba en el cuerpo durante esas caminatas silenciosas. Los resultados más consistentes que se conocen hasta hoy apuntan a una reducción de indicadores fisiológicos del estrés, entre ellos el cortisol, y a cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático. También se exploró la posible influencia de los fitoncidas, que son los compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas.

Por qué puede funcionar (y qué dudas quedan)

Una de las hipótesis más interesantes que circulan entre los investigadores tiene que ver con la sobrecarga de atención que caracteriza la vida moderna. Notificaciones, pantallas, decisiones y estímulos que piden respuesta todo el tiempo. El entorno forestal no impone esa vigilancia constante. Sin esa presión, dicen los especialistas, la atención pasa de un modo reactivo a uno más tranquilo, y eso podría explicar la sensación de claridad mental que muchas personas, incluida Marisol, describen después de caminar entre árboles.

Ahora bien, vale una aclaración importante: la mayor parte de los estudios disponibles compara el bosque con ambientes urbanos, así que todavía no se puede aislar con precisión cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto de otros factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente el hecho de alejarse unas horas de las obligaciones cotidianas. Lo que sí parece sostenerse es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia de la humanidad, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es relativamente reciente.

  • Elegí un lugar con árboles, por más chico que sea: una plaza, un parque o la Costanera pueden servir.
  • Dejá el teléfono en silencio, y mejor todavía si lo dejás en el bolsillo o en la mochila.
  • Caminá despacio, sin contar pasos ni medir tiempos.
  • Tratá de prestar atención a lo que ves, a los sonidos, al olor del pasto o de la tierra.
  • Respirá hondo varias veces, sin apuro.
  • Quedate al menos media hora: lo bueno parece empezar cuando el cuerpo se relaja de verdad.

Nosotros, acá en la isla, no siempre tenemos un bosque grande a mano, pero sí podemos replicar el espíritu de la práctica en cualquier plaza con unos cuantos árboles. Marisol, mientras tanto, ya está esperando el sábado que viene para volver a sentarse en su banco bajo la tipa, cerrar los ojos y dejar que el ruido del mundo se vaya apagando de a poco. Espera, sobre todo, que esos treinta minutos se vuelvan un ritual y no una excepción.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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