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VIE, 11 SEPT 2026
Vida

Cuando el cuerpo no frena: las señales silenciosas de un estrés que se volvió crónico

Despertar agotado, perder el hilo de una frase o explotar por un contratiempo menor no son simple mala semana: pueden ser la cara visible de un estado de alerta sostenido que, según los CDC y estudios recientes, empieza a pasar factura sobre el sueño, la memoria y el ánimo.

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Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 11 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Acá en la isla, como en cualquier ciudad del país, hay algo que se repite en las consultas y en las conversaciones de café: personas que siguen yendo a trabajar, contestando mensajes y cumpliendo con los chicos, pero que por dentro sienten que el motor está al límite. A veces me lo cuenta Marta, que vive en el barrio de La Boca y atiende un kiosco desde hace más de veinte años; ella lo describe como "estar siempre en guardia, incluso cuando no pasa nada". Esa sensación, que parece menor, es justamente la punta del hilo que separa una semana agitada de un cuadro de estrés crónico, y vale la pena mirarlo de cerca antes de acostumbrarse a convivir con él.

Porque la trampa de este tipo de estrés es que no llega con un golpe fuerte: se instala de a poco, de manera casi silenciosa, mientras la rutina sigue funcionando por fuera. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, los CDC, llevan tiempo advirtiendo que el estrés sostenido en el tiempo puede alterar el sueño, la concentración, el humor y hasta la capacidad de tomar decisiones simples, y que esos síntomas no siempre aparecen juntos ni de manera evidente, sino que se van presentando de forma dispersa: una noche te despertás a las tres de la mañana sin motivo, al día siguiente olvidás lo que ibas a decir a mitad de una frase, y a la semana siguiente reaccionás con una intensidad que no condice con el problema que tenés adelante.

Lo que dice la ciencia reciente sobre el desgaste acumulado

Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology, que reunió 45 revisiones previas y más de 2.000 estudios, encontró un patrón consistente: en los cuadros de estrés crónico aparecen con frecuencia alteraciones del sueño y problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, que son justamente las herramientas mentales que usamos para organizarnos, recordar cosas y resolver problemas de todos los días. En la misma línea, un estudio publicado en 2024 en Neurobiology of Stress señaló que la exposición prolongada a situaciones de alta demanda puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, lo que en la práctica se traduce en esa sensación tan común de que "la cabeza no me da para más".

Lo explica con bastante claridad Leah Doane, profesora de Psicología de la Arizona State University, cuando dice que el problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, porque el cerebro deja de administrar bien recursos básicos y entonces tareas que antes eran automáticas, como organizar el día, recordar un turno o responder con calma a un enojo del colectivo, empiezan a consumir una energía que antes no necesitaban.

Las señales que conviene mirar con atención

  • Despertarse cansado aun habiendo dormido varias horas, o tener un sueño fragmentado con despertares nocturnos sin causa clara.
  • Perder el hilo de una conversación, olvidar palabras frecuentes o tener la sensación de que la memoria ya no responde como antes.
  • Irritarse o reaccionar con una intensidad desproporcionada frente a contratiempos menores, como un trámite, un corte de luz o un mensaje fuera de tono.
  • Dificultad para tomar decisiones cotidianas, desde qué comer hasta resolver un tema laboral simple, con una parálisis que antes no estaba.
  • Sentir un estado de alerta permanente, como si el cuerpo estuviera en modo supervivencia aun cuando no hay un peligro concreto.

En los últimos tiempos circuló con fuerza la idea de "modo supervivencia", un concepto que se usa mucho en espacios de bienestar y que no es un diagnóstico clínico pero sirve para ordenar un montón de señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes. Lo importante, coinciden los especialistas, no es tanto el nombre como el patrón: dormir peor durante semanas, tener la cabeza más nublada, sentir que la tolerancia a la frustración se acortó, son pistas de que el cuerpo lleva demasiado tiempo en alerta.

Para nosotros, que solemos medirnos por lo que logramos hacer y no por cómo lo logramos, eso resulta engañoso, porque la rutina sigue en pie, llegamos a horario, respondemos el mail, llevamos a los chicos al colegio, y entonces cuesta admitir que algo no está bien. Pero la continuidad de la vida diaria no borra el cansancio de fondo ni la irritabilidad creciente, y en algún punto el cuerpo pasa la factura: aparece un dolor que no se va, un cuadro de ansiedad que se vuelve más frecuente o un episodio de insomnio que se cronifica, y ahí la advertencia llega cuando ya cuesta más volver atrás. Por eso los especialistas insisten en que identificar el patrón a tiempo es clave para distinguir entre una semana exigente y un desgaste que, si se prolonga, termina afectando la salud física y mental.

Como me dijo Marta, mientras acomodaba una bandeja de facturas en el kiosco, "uno se acostumbra a estar cansada y no se da cuenta de que ya no es cansancio, es otra cosa". Lo que ella espera, y lo que en el fondo esperamos muchos, es que este tipo de notas sirva para prestar atención antes de que la señal se vuelva un problema mayor, porque cuando el cuerpo deja de frenar, no siempre avisa con palabras, sino con sueño roto, memoria que falla y paciencia que se agota, y ahí conviene escucharlo y pedir ayuda.

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Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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