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DOM, 06 SEPT 2026
Vida

Cuando el cuerpo se vuelve un problema: cómo las hormonas condicionan el asma en las mujeres adultas

Después de la pubertad, la balanza se inclina para el lado femenino: más episodios graves, más guardias y más internaciones. La ciencia empieza a entender por qué el estrógeno y la progesterona cambian las reglas del juego en las vías respiratorias.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida · 5 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Acá en la isla, en pleno julio, mientras el termómetro no da tregua y el aire se espesa con la humedad del Río de la Plata, María, vecina de Lanús Oeste, me cuenta que cada vez que le llega el período se prepara como si fuera a una guerra: puff a mano, crisis que no avisan y dos noches sin pegar un ojo por la falta de aire. Yo la escucho y no puedo menos que pensar que su relato no es una excepción: es, lamentablemente, la regla que la medicina viene documentando hace rato, aunque todavía no se difunda lo suficiente.

Porque a María, como a tantas otras mujeres adultas que conviven con asma, le toca una realidad clínica que la conoce pero que en el consultorio muchas veces queda afuera de la charla. Después de la pubertad la foto cambia: el asma deja de ser cosa de nenes y pasa a castigar con más fuerza al sexo femenino. En la adultez, las mujeres registran mayor prevalencia, concurren más seguido a las guardias y terminan internadas con una frecuencia que duplica, en algunos rangos etarios, a la de los varones.

El dato global y lo que pasa en las células

Un análisis publicado este año en BMC Pulmonary Medicine, con datos del estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que en el mundo hay 260 millones de personas con asma. La diferencia entre sexos no responde a una causa única ni a un gen que esté prendido en las mujeres y apagado en los hombres, como aclará la investigadora Patricia Silveyra, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana. Lo que ocurre, más bien, es que un mismo gen se expresa distinto según el sexo, en diálogo permanente con las hormonas y con el aire que respiramos.

El equipo de Dawn C. Newcomb, en la Universidad Vanderbilt, fue un paso más allá: tomó células inmunitarias de pacientes con asma grave y comprobó que el estradiol y la progesterona pueden empujar hacia arriba la producción de IL-17A, una proteína inflamatoria que pesa como una mochila en los pulmones. También detectaron mayor actividad de las células TH17 en mujeres con asma grave comparadas con varones con el mismo diagnóstico. Los autores son prudentes: el hallazgo no prueba causalidad directa y el grupo estudiado fue chico, con parte del análisis en modelos animales. Pero abre una puerta que, hasta hace poco, estaba cerrada a patadas.

El ciclo menstrual y el embarazo, dos campos minados

Para las que menstruan, el almanaque se vuelve un mapa de riesgo. Algunas mujeres notan que la tos, la opresión en el pecho y las sibilancias se intensifican en los días previos o durante el período, cuando el estrógeno y la progesterona bajan y arrastran consigo un repunte de la inflamación bronquial. Una revisión reciente sobre asma premenstrual estimó que hasta el 40% de las pacientes podría percibir esas variaciones, aunque los trabajos disponibles todavía no permiten hablar de cifras definitivas ni de porcentajes cerrados.

El embarazo suma otra capa de complejidad. La clásica frase de cabecera que se escucha en las guardias es que un tercio de las embarazadas con asma empeora, un tercio se mantiene estable y un tercio mejora, aunque los estudios más recientes cuestionan esa división tan prolija y muestran que el comportamiento varía según el trimestre, la gravedad de base y el acceso al tratamiento.

  • Antes de la pubertad, el asma es más frecuente en varones; después, la tendencia se invierte y la prevalencia pasa a ser mayor en mujeres.
  • El estradiol y la progesterona pueden aumentar la producción de IL-17A, una proteína vinculada a la inflamación de las vías aéreas.
  • Hasta un 40% de las mujeres con asma podría notar cambios en los síntomas asociados al ciclo menstrual, según revisiones recientes.
  • Durante el embarazo, la evolución es impredecible y requiere un seguimiento más estricto del tratamiento.
  • La genética, el peso corporal y la exposición ambiental (humo de tabaco, contaminación, alérgenos domiciliarios) también pesan en la ecuación.

Nosotros, los que escribimos sobre salud, solemos olvidarnos de una verdad incómoda: el asma no se mide igual en un varón de doce años que en una mujer de cuarenta, y mucho menos en una embarazada o en una adulta mayor que ya pasó por la menopausia, cuando la caída hormonal vuelve a modificar el escenario. Incorporar la dimensión sexo-genérica a los protocolos, tal como empiezan a pedir sociedades científicas de todo el mundo, no es una moda ni un capricho académico: es la única manera de que María, mi vecina de Lanús, deje de sentirse sola cada vez que el calendario le anuncia una crisis.

Lo que María espera, y con ella miles de mujeres que arrastran un inhalador a todos lados, es simple de decir y difícil de conseguir: que su médica de cabecera le pregunte en qué momento del ciclo está antes de ajustar la medicación, que el equipo de obstetricia no le quite el puff como si fuera un capricho y que, sobre todo, deje de escucharse el viejo latiguillo de tranquila, es solo ansiedad. Acá en la isla, mientras el río sigue bajando y el invierno no afloja, el reclamo es concreto: investigación con perspectiva de género, protocolos actualizados y un sistema de salud que deje de mirar el asma con anteojos unisex. Falta mucho, pero la conversación, al menos, ya empezó.

AM
Ayelén MillaloncoSociedad y vida

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