Dos frutas y un mismo objetivo: por qué el kiwi y la ciruela pasa pelean palmo a palmo contra el estreñimiento
La gastroenterología los pone como primera línea antes de pasar a la medicación. Acá te contamos qué dice la ciencia sobre cada uno, en qué se diferencian y cómo sumarlos a la dieta sin pasarla mal.
Me llama la atención cómo arranca la mañana en la consulta de la doctora Mariana, en el barrio de Belgrano: una paciente de 52 años le deja sobre el escritorio una bolsita con kiwis y ciruelas pasas y le pregunta, casi en tono de confesión, si está haciendo bien en comer esas dos frutas todas las mañanas para ir al baño sin pelearse con el cuerpo. La especialista la mira, le sonríe, y le explica algo que en los consultorios de gastroenterología se repite desde hace años: el estreñimiento es uno de los motivos de consulta más frecuentes, y antes de avanzar hacia cualquier tratamiento farmacológico, las recomendaciones iniciales apuntan a modificar la alimentación, aumentar la ingesta de líquidos e incorporar fibra de forma gradual. En ese marco, dos frutas concentran buena parte de la evidencia disponible: el kiwi y la ciruela pasa. Acá en la isla, cuando alguien pregunta por el tema, lo primero que escuchás es el nombre de esas dos frutas.
El kiwi: fibra que retiene agua y ablanda el camino
La Organización Mundial de Gastroenterología sitúa a la fibra y a la hidratación como pilares del abordaje dietario del estreñimiento, y el kiwi responde a ese perfil con comodidad: aporta fibra soluble e insoluble, retiene agua en el intestino delgado y favorece deposiciones más blandas. Un ensayo multicéntrico revisado por el American College of Gastroenterology encontró que el consumo de dos kiwis verdes por día se asoció con un aumento de al menos un entero con cinco evacuaciones espontáneas completas por semana en personas con estreñimiento funcional o síndrome de intestino irritable con predominio de constipación. El mismo análisis registró mejoras en la consistencia de las heces y en el esfuerzo durante la evacuación, que es justamente lo que más el paciente en el día a día.
La ciruela pasa: sorbitol, fenoles y otro mecanismo
La ciruela pasa opera por una vía diferente, y eso es lo que la vuelve interesante: además de fibra y pectina, contiene sorbitol, un alcohol de azúcar que el intestino delgado absorbe de manera incompleta. Ese proceso atrae líquido hacia la luz intestinal, lo que ablanda las heces y facilita su paso. Una revisión publicada en la base de datos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos identificó además compuestos fenólicos en la ciruela pasa como factores que contribuyen a su efecto laxante. Su acción parece apoyarse más en el incremento del volumen del bolo fecal que en una aceleración del tránsito intestinal total, un detalle que a nosotros, los que padecemos el problema, nos cambia la lógica del tratamiento.
Comparación directa: no hay un ganador indiscutido
- Estudios comparativos que incluyeron ambas frutas, junto con psyllium, registraron mejoras similares en la frecuencia de evacuaciones espontáneas completas en personas con estreñimiento crónico.
- No surge de esa evidencia un ganador indiscutido: las dos opciones funcionan, pero por carriles distintos.
- La diferencia práctica es de tolerancia: el kiwi tendería a generar menos distensión y molestias digestivas.
- La ciruela pasa mantiene ventaja cuando el problema principal son las heces duras y secas.
- En ambos casos, los especialistas recomiendan una incorporación gradual para evitar gases, hinchazón y malestar.
Nosotros, los que pasamos horas sentados esperando que el cuerpo nos dé una señal, solemos preguntarle al médico si conviene comerlas crudas, cocidas, en ayunas o de sobremesa. La respuesta más honesta es que depende de cada organismo: lo que a tu vecina del tercer piso le funciona en cinco días, a vos puede costarte diez, y eso no significa que el método esté fallando. Lo que la evidencia deja claro es que ningún alimento resuelve el problema por sí solo, y que la elección final se cocina entre el médico y el paciente, escuchando al cuerpo. Eso es, en definitiva, lo que uno espera que pase cuando empieza a sumar frutas a la rutina: volver a confiar en el propio intestino.
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