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JUE, 27 AGO 2026
Economía

Siete de cada diez jóvenes argentinos no logran un empleo formal: la mitad del país se queda afuera del mercado laboral pleno

El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA retrata una fragmentación que empieza en la cuna: solo el 14,2% de los jóvenes de 18 a 25 años accede a un trabajo pleno y la brecha se ensancha según el origen socioeconómico. La informalidad, la changa y la inactividad se reparten el resto del camino.

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Diego GallardoCarbón y energía · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 5 min
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7 de cada 10 jóvenes argentinos de entre 18 y 25 años no tiene un empleo formal o directamente no trabaja. El dato no surge de una encuesta coyuntural ni de un cálculo de consultoras privadas: lo describe el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina en un informe que radiografía el mercado laboral juvenil y que confirma una tendencia que se repite trimestre tras trimestre desde hace, al menos, una década.

El empleo pleno, entendido como trabajo registrado con aportes, cobertura y cierta estabilidad, es la excepción y no la regla. Apenas el 14,2% de los jóvenes en esa franja etária accede a un puesto con esas características. El resto se reparte entre la informalidad, el desempleo de corta o larga duración y la inactividad total, en una suerte de lotería donde el premio mayor está reservado para una minoría y el boleto vacío se distribuye de manera casi uniforme entre los demás.

Una radiografía con cifras

El 30,2% de los jóvenes de 18 a 25 años tiene algún tipo de empleo regular, pero dentro de ese grupo el 16% trabaja en condiciones precarias, lo que habla más de la calidad del empleo que de su mera existencia. El 22,5% se mueve en el universo de las changas, los trabajos eventuales, las colaboraciones intermitentes o atravesó un episodio reciente de desempleo. Un 10,7% lleva más de seis meses sin trabajo y el 36,6% directamente no busca ni ejerce actividad laboral, ya sea porque se dedica a estudiar a tiempo completo, porque desistió de buscar, porque debe cuidar a alguien o porque no encuentra un lugar en el sistema.

El 20,7% de los jóvenes de esa edad ni estudia ni trabaja, una categoría que las estadísticas anglosajonas resumen con la sigla NiNi y que en la Argentina arrastra una carga simbólica todavía mayor, porque suele asociarse con la desprotección y la falta de horizonte. En el estrato socioeconómico muy bajo esa proporción trepa hasta el 34,2%, mientras que en el estrato medio alto cae al 8,3%. La diferencia de algo más de 25 puntos entre un extremo y otro revela hasta qué punto la cuna sigue determinando el futuro laboral de los argentinos.

El hogar como punto de partida

El informe del ODSA identifica un factor clave: el tipo de empleo del principal sostén económico del hogar. Cuando ese adulto cuenta con empleo pleno, las chances de que el joven se mantenga dentro del sistema educativo aumentan de manera considerable. Cuando en la casa predominan la precariedad o el desempleo, crece la probabilidad de que el chico o la chica tampoco estudie ni trabaje. Se trata de un mecanismo de reproducción social que opera con persistencia notable.

“Incluso un empleo protegido del principal sostén económico no alcanza a borrar la desventaja asociada a una posición socioeconómica baja.”Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), UCA

El dato funciona como advertencia contra cualquier mirada simplificada. No alcanza con que el padre o la madre tenga un trabajo registrado para que el hijo acceda a un recorrido similar: la posición de clase opera más allá de la situación laboral puntual del adulto referente. En el mismo sentido, quienes no estudian ni trabajan pasan del 13,3% al 30,5% cuando el jefe o jefa de hogar deja de tener empleo pleno y pasa a una situación de subempleo o de desempleo inestable, lo que confirma que la condición del hogar funciona como un amplificador de la desigualdad.

Una estructura que se reproduce

Cualquier administración de los últimos años, de uno u otro signo político, prometió abrir el camino hacia un mercado laboral más inclusivo para los jóvenes. Los resultados, a la vista, muestran que la promesa sigue pendiente. Las cifras del ODSA describen una estructura que se autoperpetúa: los hogares más relegados generan jóvenes con menos posibilidades de estudiar y trabajar, y esos jóvenes, a su vez, tienden a reproducir trayectorias laborales frágiles. Sebastián, un chico de 22 años que esta semana buscaba changas en una estación de servicio de Munro y prefirió no dar su apellido, resumió el estado de ánimo de toda una generación con una frase que se repite en las colas de los centros de empleo de la provincia de Buenos Aires: acá te piden experiencia para entrar y nadie te la da para empezar.

El dato de ingresos aporta la última pieza del rompecabezas. Según el estudio de la consultora Zentrix, el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin dinero disponible, contra el 60,6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. La menor antigüedad laboral, la mayor presencia de la informalidad y los salarios de entrada explican, en parte, esa diferencia. La consecuencia es concreta: la franja etaria que debería estar ahorrando para su primera vivienda, para su primer proyecto o para su propia formación termina el mes sin margen, lo que vuelve todavía más improbable cualquier plan de mediano plazo.

¿Qué va a hacer Buenos Aires, otra vez, frente a un mercado laboral juvenil que expulsa a siete de cada diez? La pregunta no admite respuestas vagas: o se diseña una política seria de primer empleo registrado, con incentivos reales para las PyMEs que contraten jóvenes sin experiencia y con un sistema de formación dual que combine estudio y práctica rentada, o se seguirá mirando cómo el mismo diagnóstico se publica cada año con variaciones menores. La estructura, a esta altura, ya conoce el libreto: lo que falta es quien se anime a escribir un final distinto.

DG
Diego GallardoCarbón y energía

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